¿Eran mejores los viajes de antes? Recordamos con nostalgia la época en la que viajar era algo excepcional

Viajar hoy: más cómodo, menos épico

social Una ilustración conceptual que divide la imagen en dos: a la izquierda, un mapa de papel antiguo, arrugado y desgastado, junto a un bocadillo de lomo y un coche clásico bajo un sol abrasador; a la derecha, la pantalla fría de un smartphone con una ruta de GPS y un avión moderno. Estilo artístico de editorial periodística, colores saturados para el pasado y tonos minimalistas y fríos para el presente.

Hubo un tiempo en que viajar no era un trámite de Instagram, sino una expedición castigata por el destino. Carmelo Jordá y Kelu Robles, en su espacio 'El Placer de Viajar', han decidido abrir el baúl de los recuerdos para recordarnos que antes el turismo no era este consumo rápido de destinos, sino un ritual casi religioso.

Hablamos del 'veraneo', esa institución donde te plantabas dos meses en el mismo sitio. Era una monotonía deliciosa que hoy, con nuestra ansiedad de 'no perdernos nada', nos parecería un castigo siberiano. El aburrimiento era el motor creativo; ahora solo es el tiempo que tardamos en desbloquear el móvil. La preparación era otro deporte de riesgo.

Carmelo Jordá recuerda la euforia de devorar guías de papel, diseñando itinerarios con una precisión de cirujano, porque irse fuera no era tan sencillo como pulsar un botón en Skyscanner. Hoy nos subimos a un avión sin saber si en el destino llueve o hablan un idioma distinto; la inmediatez ha matado la mística.

Luego está la odisea del mapa físico. Antes de que Google Maps nos llevara de la mano como a niños pequeños, existía el arte de pelearse en familia mientras se intentaba doblar un mapa gigante que nunca volvía a su sitio. Era la era de las carreteras nacionales de doble sentido, donde recorrer 400 kilómetros podía llevarte más de ocho horas.

Sin aire acondicionado, sudando la gota gorda y con la parada obligatoria para el bocadillo de lomo y el queso local. Eran travesías agotadoras, sí, pero auténticas expediciones por una España que hoy ha sido asfaltada y domesticada por las autovías. Hemos ganado en comodidad, pero hemos perdido el sabor a aventura de quien no sabe exactamente dónde está, pero disfruta el camino.

Crítica:

El texto original es una oda a la nostalgia sin contrastes reales. Se queda en la superficie del recuerdo sin analizar cómo la democratización del viaje ha permitido que millones escapen de la monotonía.

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