Crítica:
La noticia se limita a describir el hecho sin indagar en la falta de servicios sociales o la respuesta municipal. Es un relato basado en la indignación vecinal que roza el sensacionalismo.
La noticia se limita a describir el hecho sin indagar en la falta de servicios sociales o la respuesta municipal. Es un relato basado en la indignación vecinal que roza el sensacionalismo.
Bienvenidos a la España de las dos velocidades: donde unos pagan sus impuestos esperando que el Estado funcione y otros descubren que la mejor política de seguridad es el alambre de espino comprado en la ferretería de la esquina. En Ceuta, concretamente en la urbanización La Colina, cerca de la playa del Trampolín, el concepto de 'hogar dulce hogar' ha sido sustituido por el de 'fortaleza blindada'. Los vecinos, hartos de que su propiedad privada sea tratada como una zona de libre tránsito, han decidido instalar concertinas y vallas de obra. No es un capricho decorativo; es la respuesta desesperada a un escenario donde algunos residentes ya han sufrido tres intrusiones en sus casas. Mientras el Gobierno juega al ajedrez administrativo con las devoluciones, que según los afectados se tramitan en un limbo donde no se ve movimiento, el ciudadano de a pie siente que su suscripción al Estado español ha caducado. Es la paradoja del siglo: pagar la cuota mensual de impuestos para luego tener que gastarse el presupuesto de las vacaciones en alambre de espino para que no te salten la valla. La sensación de abandono es tan espesa que se puede cortar con el mismo metal que protege los jardines. La situación no es un caso aislado de La Colina; en Loma Colmenar el malestar es el mismo. Los vecinos denuncian que, mientras ellos blindan sus puertas, la Cruz Roja mantiene el suministro de alimentos, creando un ecosistema donde el invasor merodea y el propietario se encierra. Algunos llegan a lanzar la frase más lapidaria de la crónica: se sienten más seguros en Marruecos que en España. Cuando el ciudadano pide un estado de excepción o el confinamiento con tal de recuperar la paz, es que el contrato social no solo está roto, sino que ha sido triturado.
Hay que tener una fe ciega en el sistema para pensar que el Estado se preocupa por la vejez. En Ilisan, estado de Ogun, la Agencia Nacional Antidrogas de Nigeria (NDLEA) decidió que su prioridad absoluta el pasado 15 de agosto era Esther Ogunmabo. Sí, Esther tiene 101 años. Mientras la mayoría a esa edad lucha con la memoria o el mando de la tele, ella gestionaba un inventario de 90 gramos de cannabis variedad skunk, convenientemente empaquetado en sobres pequeños. Un negocio de barrio, casi artesanal. La tragedia es el motor de la picaresca. Esther perdió su tienda de provisiones en un incendio y, en lugar de esperar a que el Estado le enviara un cheque de ayuda que probablemente nunca llegaría, decidió montar un 'supermercado' botánico. La logística era familial: su hija, residente en Lagos, le suministraba la mercancía cada cuatro días. Una cadena de suministro más eficiente que el servicio de correos local. La hija, por supuesto, también terminó esposada en la operación. El despliegue policial es conmovedor. Mohamed Buba Marwa, el jefe de la NDLEA, terminó ordenando la libertad bajo fianza y asesoramiento psicológico para la centenaria, probablemente al darse cuenta de que la foto de una bisabuela en calabozos no ayuda mucho al marketing institucional. Mientras tanto, la agencia presume de 'grandes éxitos': 42,62 kilos de narcóticos y 20 gramos de cocaína camuflados en fufu de yuca en Akwa Ibom el 21 de agosto, y contenedores de marihuana sintética llegados desde Tailandia a los puertos de Apapa y Lekki. Es fascinante que Nigeria tenga tiempo para perseguir 90 gramos de una mujer de 101 años mientras las rutas tailandesas se abren como autopistas.
Hay una lógica perversa en la gestión de la seguridad rural: si quitas al vigilante, el ladrón se siente como en un buffet libre. En Rollán, un pueblo de 350 habitantes que ahora mismo es el patio de recreo de cualquier oportunista, llevan más de 600 días sin puesto de la Guardia Civil. El Gobierno decidió que cerrar un cuartel operativo desde 1870 era una 'optimización', trasladando el servicio a Villares de la Reina. Treinta y dos kilómetros de distancia. Para quien vive en la ciudad, 32 kilómetros son un paseo; para un vecino de Rollán que ve cómo le roban hasta el tendido de ADSL, es un abismo donde la ley no llega a tiempo ni para decir 'hola'. El alcalde, Leonardo Bernal (PSOE), ha tenido que sacar a todo el pueblo a la calle porque la delincuencia no entiende de decretos de unificación. Han pasado de la tranquilidad castellana a que les desplumen la depuradora en construcción y las explotaciones agrarias. Es la ingeniería del ahorro: ahorran en personal y el coste lo pagan los vecinos en facturas de reposición y noches sin dormir. El miedo se alimenta de ejemplos cercanos; ver una casa ocupada en Garcihernández, a solo 50 kilómetros, es el recordatorio constante de que una vivienda vacía es, hoy en día, una invitación abierta. Mientras el Ministerio juega al Tetris con los cuarteles, en Rollán han acumulado casi 1.400 firmas en Change.org desde febrero. Una cifra ridícula si pensamos que el puesto servía a 12 localidades, incluyendo Canillas de Abajo, Calzada de Don Diego o Robliza de Cojos. Al final, la cuenta es sencilla: menos botas sobre el terreno equivalen a más manos largas en los campos. El ahorro público ha resultado ser el subsidio perfecto para el crimen rural.
Gestionar la muerte suele ser un proceso aséptico, casi administrativo, hasta que te encuentras con 88 cadáveres hacinados en un Hospital Militar que, para colmo, no tiene actividad hospitalaria ordinaria. Lo de Ceuta no ha sido una gestión de crisis, ha sido un ejercicio de improvisación digno de una película de terror presupuestaria. Mientras el Ministerio de Justicia se limitaba a pagar las dietas del personal voluntario —como quien paga el parking de un centro comercial—, los forenses locales se las apañaban con 'pingüinos' (refrigeradores portátiles) y literas para evitar que la descomposición ganara la carrera contra el reloj. La aritmética del horror es sencilla: una invasión de 80.000 personas que desembocó en una montaña de cuerpos recogidos el 30 y 31 de julio. Antes de eso, el goteo era constante: uno aquel día, dos este otro, cuatro en una jornada mala. Al final, la cuenta llegó a 88 cuerpos que el Estado dejó en un limbo gélido y precario. El resultado es lógico: trabajadores con el alma rota que ahora necesitan tratamiento psicológico o piden la baja porque nadie puede pasar semanas manipulando restos en descomposición sin que se le quiebre la cabeza. La hipocresía alcanza su cénit con el ministro de Justicia de Marruecos, Abdellatif Ouahbi. Tras tres semanas de silencio sepulcral, y solo cuando la prensa española y la presión internacional empezaron a hacer ruido, Ouahbi decidió que ya era hora de 'no separar entre vivos y muertos'. Mientras tanto, 18 inmigrantes ya descansan en el cementerio musulmán de Ceuta, enterrados con números en lugar de nombres, esperando que alguien, algún día, recuerde que fueron personas y no solo una cifra en un acuerdo diplomático de última hora.
Para el SEPE, el mundo es un tablero de ajedrez donde mover una pieza fuera de las fronteras sin pedir permiso es pecado capital. Entre 2016 y 2025, el organismo ha ejecutado la guillotina administrativa sobre 18.728 prestaciones. Casi diecinueve mil personas que, por el pecado de no avisar que cruzaban la frontera, vieron cómo su red de seguridad se evaporaba en un clic. Es la burocracia en estado puro: mientras tú intentas que la cuenta corriente no sea un desierto, el Estado te vigila el pasaporte con la precisión de un radar de velocidad en una carretera secundaria. El calendario de bajas parece el gráfico de una montaña rusa. En 2019 el SEPE estuvo especialmente inspirado con 2.948 bajas, y en 2023 volvió a la carga con 2.583. Luego llegó la pandemia y, como nadie podía salir ni a comprar el pan sin un permiso, las cifras cayeron a 1.312 en 2020 y a un modesto 773 en 2021. Pero lo verdaderamente surrealista ocurre al final del camino. En 2024 se contabilizaron 2.507 bajas definitivas, pero en 2025 la cifra se desplomó a solo 38. Un descenso del 98% que huele a cambio de criterio o a que el sistema se cansó de perseguir maletas. ¿La magia detrás del truco? Probablemente el Real Decreto-ley 2/2024. Desde el 1 de noviembre de 2024, el margen para escaparse al extranjero pasó de 15 a 30 días naturales al año. Básicamente, te han dado más cuerda para jugar antes de que te corten el grifo. Aun así, en los primeros seis meses de 2026 ya han caído otras 13 personas. No es que el SEPE sea generoso, es que ahora el margen de error es el doble, aunque el castigo sigue siendo el mismo: quedarse en la calle por un descuido en el formulario.
La vuelta al cole suele traer el drama de comprar la mochila más cara o pelearse por el libro de matemáticas, pero en Ceuta el 8 de septiembre viene con un aroma distinto: el de la vigilancia policial extrema. Mientras los padres revisan que los lápices estén afilados, los mandos policiales diseñan un dispositivo para que los patios no parezcan el escenario de una película de supervivencia. La razón es sencilla y cruda: la ciudad sigue digiriendo la entrada masiva de inmigrantes del 30 y 31 de julio, con unos 10.000 residentes irregulares que han convertido algunos centros educativos en refugios improvisados. No hablamos de una anécdota. El CEIP José Ortega y Gasset, en la avenida de España, ha pasado de ser un templo del saber a un hotel nocturno sin estrellas, donde el servicio de limpieza tiene que hacer malabares con excrementos y basura antes de que los niños crucen la puerta. Es el mismo guion que se repite en el Santa Amelia, Juan Carlos I, Ciudad de Ceuta, San Daniel y Rosalía de Castro. Básicamente, los colegios se han convertido en el 'Airbnb' de la desesperación, y ahora la solución es poner agentes en la puerta para que el inicio del curso no sea un campo de minas. La hipocresía es deliciosa: se habla de 'dispositivo preventivo' y 'garantizar la normalidad', pero la realidad es que estamos blindando escuelas porque la gestión de la crisis migratoria ha dejado agujeros del tamaño de un estadio. El Gobierno de Ceuta, que ya lidia con viviendas públicas ocupadas, ahora debe coordinar que los niños no se encuentren con sorpresas desagradables al entrar a clase. Un despliegue policial para que un colegio sea, sencillamente, un colegio. El 8 de septiembre sabremos si el despliegue de efectivos es un escudo real o solo un parche caro para una herida que no cierra.
Hay algo profundamente poético, en el sentido más trágico y sucio de la palabra, en que el Ejército de Tierra, la maquinaria diseñada para la disciplina y el orden, se vea derrotada por un ácaro. Veinticuatro militares en la Comandancia General de Ceuta están ahora mismo librando una batalla contra el picor nocturno, una guerra de desgaste donde el enemigo no lleva uniforme, sino que se esconde en las sábanas. Mientras el discurso oficial intenta hacer malabarismos para desvincular el brote del contexto migratorio, la realidad es un bofetón: las autoridades admiten 'deficiencias graves en la higienización' de las bases. Traducido al idioma de la calle: los cuarteles están que dan asco. Es el colmo del surrealismo administrativo. Mientras el ciudadano de a pie ve que las Urgencias de Ceuta están colapsadas —atendiendo a cuatro veces más pacientes con el mismo personal, lo que convierte una visita al médico en una lotería rusa—, el Ejército descubre que compartir ropa de cama en condiciones precarias es la receta ideal para una epidemia de sarna. Carmen Fúnez, del PP, describe un escenario digno de una distopía donde crónicos ceutíes prefieren morir en casa antes que arriesgarse a entrar en un hospital que parece un caldo de cultivo. La OMS nos recuerda que esto es pan de cada día en zonas tropicales pobres, afectando hasta al 10% de los niños. Pero que el escenario sea ahora una base militar española es la guinda del pastel. Entre que Alberto Núñez Feijóo pide la comparecencia de Mónica García y la ATME se desespera por la recurrencia de los casos, el soldado raso sigue rascándose. Al final, la 'defensa nacional' se ha reducido a meter las sábanas en bolsas de plástico durante una semana para ver si el ácaro se rinde.
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