Crítica:
El texto original es un aviso necesario, aunque peca de optimista al creer que Microsoft intervino por ética y no por control territorial. Falta profundizar en los términos de servicio que LG probablemente usó para cubrirse las espaldas.
El texto original es un aviso necesario, aunque peca de optimista al creer que Microsoft intervino por ética y no por control territorial. Falta profundizar en los términos de servicio que LG probablemente usó para cubrirse las espaldas.
Japón ha elevado la compra impulsiva a un deporte nacional. Mientras que en Occidente peleamos con una máquina de café que te roba la moneda y te entrega un agua tibia, en la tierra del sol naciente hay más de 2.6 millones de estos artefactos. Hagamos cuentas rápidas: con 122 millones de habitantes, hay una máquina por cada 45 o 50 personas. Básicamente, tienes una más cerca que el buzón de casa. Desde ramos de flores hasta saltamontes comestibles; si existe y cabe en una caja, hay una máquina que te lo vende sin pedirte el DNI. La historia es un chiste: empezó con Herón de Alejandría en el siglo I d.C., vendiendo agua bendita en templos egipcios mediante un sistema de contrapesos que haría parecer complejo el montaje de un mueble de IKEA. Luego pasamos por las postales de Londres y los chicles de la Thomas Adams Gum Company en Nueva York en 1888, hasta que Japón, en su frenesí de recuperación económica posguerra, decidió que hacer cola cinco minutos en una tienda era un lujo que no podían permitirse. Por dentro, estas cajas son auténticos búnkeres tecnológicos. Un microcontrolador hace de cerebro, mientras sensores electromagnéticos y ópticos analizan tus monedas con la precisión de un perito judicial, midiendo el diámetro y la velocidad para que no intentes colar una arandela oxidada. Pero lo brillante es su pragmatismo: máquinas de temperatura dual que reciclan el calor del frío para calentar el café, y un diseño con el peso en el 'sótano' para que no salgan volando durante un terremoto. Lo más irónico es el 'modo gratis': ante un desastre natural, el router activa el reparto gratuito. Porque nada dice 'estamos en medio de un cataclismo' como un refresco gratis de cortesía.
Mientras la mayoría de nosotros usamos el tiempo libre para pelear con el mueble de IKEA o intentar que el césped no parezca una selva, Tom Stanton ha decidido que su jardín necesitaba un arma de asedio medieval con esteroides. El ingeniero aeroespacial y YouTuber no se conformó con lanzar piedras al vecino; quiso romper la barrera del sonido. Sí, así de literal. Para lograr que un objeto vuele a 776 mph —superando el límite sónico de 767 mph—, Stanton tuvo que jubilar la madera rústica y apostar por un chasis de fibra de carbono, porque el estrés físico de semejante disparate desintegraría cualquier cosa que no sea aeroespacial. La física es una tía terca: la gravedad solo nos da 32.15 pies por segundo al cuadrado. Para saltarse esa regla sin usar gomas elásticas (que sería hacer trampas), Stanton diseñó una ingeniería financiera de la energía. Implementó un sistema de poleas 3:1 que multiplica la velocidad de caída del peso, convirtiendo el mecanismo en un columpio mecánico dopado. Tras un ciclo de ensayo y error que haría llorar a cualquier contratista, ajustó el brazo para que fuera corto y la honda el doble de larga, permitiendo que el proyectil diera vueltas como loco antes de salir disparado. El resultado es una cifra que marea: el brazo alcanzó las 2,342 rpm y el proyectil recorrió 6.36 pies en apenas 5.6 milisegundos. El estruendo final, capturado en el minuto 19:55 de su vídeo, no fue un simple ruido, fue un 'sonic boom' casero. Stanton escuchó el eco en varias direcciones, confirmando que había logrado convertir su patio trasero en una zona de pruebas de la NASA, pero con más estilo y probablemente más quejas de la comunidad de vecinos.
La industria de la Inteligencia Artificial nos vendió el paraíso: un mundo sin tareas tediosas donde todos seríamos poetas o jardineros mientras el software hacía el trabajo sucio. Un cuento de hadas precioso. Pero, en la práctica, han gestionado la narrativa con la misma delicadeza con la que un elefante baila ballet. En lugar de liberarnos, nos han servido un menú de miedos y desplantes corporativos que han dejado a la población con un sabor amargo en la boca. Los datos no mienten, aunque los CEOs intenten maquillarlos. Según el Pew Research Center, el escepticismo se ha disparado como el precio del alquiler en zona centro. El 52% de los estadounidenses ahora están más preocupados que emocionados por la IA en su día a día, un salto brusco frente al 37% de 2021. Básicamente, cuanto más tocamos el juguete, más ganas tenemos de devolverlo a la caja. El miedo al 'despido algorítmico' es el elefante en la habitación. Mientras los peces gordos hablan de 'optimización', el 71% de los encuestados ve el futuro laboral como un campo minado donde habrá menos empleos en las próximas dos décadas. Solo un optimista ingenuo, o alguien que cree que el Monopoly es un simulador financiero, piensa que habrá más trabajo (apenas un 5%). Lo más irónico es que el sector ha perdido incluso a los 'nativos digitales'. Los menores de 30 años, que suelen tragarse cualquier beta tecnológica, ya son mayoritariamente escépticos. Para rematar la faena, una encuesta de CNBC’s Generation Labs revela que los adultos de entre 18 y 34 años no confían en ninguno de los nueve principales CEOs de IA. Han pasado de ser los visionarios del siglo XXI a ser los tipos que nadie quiere invitar a cenar.
Roku ha decidido que el catálogo de canales gratuitos no era lo suficientemente surrealista y ha abierto la puerta a 'Fairground AI'. No es televisión, es una cinta transportadora de 'slop' digital que funciona 24 horas al día, siete días a la semana. Imaginen que el mando a distancia se convierte en el botón de encendido de una máquina de tortura conceptual donde lo único que interrumpe el flujo de imágenes deformes son anuncios que, por supuesto, también han sido escupidos por una IA. Es el equivalente televisivo a comprar comida precocinada que sabe a cartón, pero gratis. El contenido es una oda al valle inquietante. Hemos visto dramas medievales donde las leyes de la física han decidido tomarse unas vacaciones, haciendo que los personajes floten como si estuvieran en la Luna. Los diálogos tienen el ritmo espasmódico de un videojuego barato de 2005; nadie parpadea, nadie respira, solo existen. En una escena, un guardia dispara un arma que es un híbrido monstruoso entre ballesta y rifle, y la flecha, en un despliegue de ingenio técnico, viaja hacia atrás. Ni siquiera Christopher Nolan en su peor día se atrevió a semejante aberración. Colin Petrie-Norris Fairground, el artífice de este experimento, prometió a Variety que veríamos cosas 'preciosas' y alejadas de la basura de redes sociales. La realidad es un pulpo cósmico destrozando naves espaciales mientras una ninja huye de alienígenas grotescos. Para montar este circo, Petrie-Norris reclutó a figuras como Kelly Boesch, Kavan the Kid’s Phantom X Studio, Ryan Phillips, Wonder Studios y Massive Studios. Si no conoces estos nombres, felicidades: tu salud mental sigue intacta. Es la democratización del arte para quienes no saben escribir, no entienden el ritmo y jamás han visto una expresión facial humana.
Llevar un ventilador colgado al cuello es, visualmente, el equivalente a vestir un disfraz de robot en una boda: un suicidio social. Sin embargo, la ciencia acaba de darnos el permiso oficial para hacer el ridículo. Un estudio publicado en E3S Web of Conferences revela que estos gadgets, que durante dos décadas fueron el hazmerreír de la oficina, funcionan sorprendentemente bien. El truco está en la biología: la cabeza y el cuello representan apenas el 5.5% de la superficie corporal, pero son el termostato maestro del organismo. Enfría ahí y el resto del cuerpo se apunta. Para evitar que el estudio fuera una cuestión de 'opiniones', los investigadores de la Universidad de Concordia en Canadá decidieron echar a los humanos de la ecuación. En su lugar, usaron un maniquí térmico de 23 segmentos, modelado según el promedio de un hombre escandinavo y vestido con el uniforme estándar del 'currante' de verano: camisa de manga corta, pantalón y zapatillas. En una habitación a 77 grados Fahrenheit —ese punto exacto donde el aire se vuelve pegajoso y el humor decae—, pusieron a prueba cuatro dispositivos. El veredicto es lapidario para los puristas de la moda: el ventilador de cuello rinde casi igual que un ventilador de mesa sin aspas. Aunque no tiene la potencia bruta de los ventiladores de aspas tradicionales (que son básicamente huracanes de escritorio), el wearable gana por goleada en eficiencia energética y convivencia. No molestas al compañero de cubículo con ráfagas de aire no deseadas ni consumes electricidad como si estuvieras minando bitcoins. Lo más cínico es la lectura corporativa: Mohamed Ouf, profesor de ingeniería y coautor, sugiere que esto es el sueño de cualquier jefe tacaño. ¿Para qué gastar una fortuna en climatizar plantas enteras de oficinas híbrimas cuando puedes subir el termostato y decirle a tu plantilla que se compre un collar que sopla aire?
Mark Zuckerberg ha descubierto que tirar billetes al aire no hace que la inteligencia artificial aparezca por arte de magia. En la última llamada de resultados del segundo trimestre, el CEO de Meta decidió que, si el incendio no se apagaba, lo mejor era echarle más gasolina: subió el gasto de capital de 125.000 millones a al menos 130.000 millones de dólares. Es como intentar arreglar una gotera en el salón comprando una piscina olímpica; un despliegue de generosidad financiera que los inversores han premiado con un desplome del 11% de las acciones en solo cinco días. Zuckerberg nos vende la moto diciendo que este gasto 'acelera el negocio principal', pero la realidad es que el flujo de caja libre ha caído a su nivel más bajo en cinco años. Mientras que los ingresos subieron un 28% respecto al año pasado, el dinero se esfuma en un agujero negro tecnológico. Su flamante 'Superintelligence Lab' se describe internamente como un 'gulag que aplasta el alma', un lugar donde la moral está por los suelos y los resultados son invisibles. El proyecto Muse Spark es la joya de la corona que nunca llega; una fecha de entrega que se mueve más que un político en campaña. La versión 1.1, lanzada el 11 de julio, pasó desapercibida y fue devorada viva por OpenAI, Anthropic y Google. Para rematar, lanzaron Muse Image, que tiene toda la pinta de ser ese regalo de última hora que compras en la gasolinera porque olvidaste el cumpleaños de tu pareja. Esto huele a déjà vu. Es el mismo patrón del metaverso: gastar miles de millones en un mundo de dibujos animados donde nadie quiere trabajar. Ahora, mientras las redes de Meta se convierten en un vertedero de 'slop' y clickbait, Mark sueña con agentes de IA que trabajen 24/7. Una visión romántica, sí, pero que en la calle se traduce como: 'estoy quemando el presupuesto y no sé cómo monetizarlo'.
Hay quien dice que el que se quema con leche sopla hasta la sopa, pero en el mundo corporativo hay quienes se queman con un incendio forestal y deciden abrir una fábrica de cerillas. The Arena Group, la empresa que en 2023 convirtió Sports Illustrated y The Street en un carnaval de autores fantasma y fotos de perfil generadas por IA gracias al 'estímulo' de AdVon Commerce, ha decidido que su pecado no era el error, sino la falta de ambición. Ahora se han puesto el disfraz de Paradium.AI. El movimiento es tan previsible como un lunes por la mañana. Mientras sus acciones se hunden y los lectores huyen como si hubieran visto un fantasma, el CEO Paul Edmondson ha lanzado un memo donde nos vende que esto no es un simple cambio de nombre, sino un 'compromiso con el futuro'. Para darle barniz de seriedad, han absorbido a InfoSentience para 'escalar la generación de contenido' y han soltado el Cutter Studio, una plataforma para producir artículos y vídeos a la velocidad de la luz y con la profundidad de un charco. Es la vieja técnica del maquillaje digital: cuando el negocio tradicional agoniza, le añades '.AI' al nombre y esperas que los inversores olviden que hace unos meses publicaban mentiras en Men’s Journal. Es el mismo camino triste que tomó BuzzFeed: pivotar hacia la inteligencia artificial cuando la caja registradora dejó de sonar. Edmondson jura y perjura que no habrá despidos y que las personas siguen en el núcleo del negocio. Traducción: no te vamos a echar hoy, pero ahora tienes que competir con un algoritmo que no duerme, no cobra y no tiene ética. En lugar de limpiar la casa tras el desastre de las licencias perdidas de Sports Illustrated, han decidido que la solución es inundar la red con más contenido automatizado. El futuro del periodismo, según ellos, es una fábrica de salchichas digitales.
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