Crítica:
El texto original es una joya del escepticismo, aunque peca de generalista al no detallar exactamente qué leyes de zonificación están frenando los 130 mil millones. Es un retrato perfecto de la desconexión entre el código y el cemento.
El texto original es una joya del escepticismo, aunque peca de generalista al no detallar exactamente qué leyes de zonificación están frenando los 130 mil millones. Es un retrato perfecto de la desconexión entre el código y el cemento.
Hubo un tiempo en que la Inteligencia Artificial era el juguete brillante que nos iba a liberar de las tareas aburridas. Ahora, el juguete ha crecido tanto que necesita devorar ríos enteros y electricidad a niveles industriales. Sam Altman, el rostro visible de OpenAI, se ha despertado con una resaca monumental: el público ya no compra el cuento. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y la factura de la luz, la industria de la IA se ha plantado un despliegue de 130.000 millones de dólares en centros de datos que parecen más fortalezas para unos pocos privilegiados que motores de progreso social. Altman lo ha admitido en Time con una honestidad casi accidental: la gente odia los centros de datos. Y no es para menos. No es solo una cuestión de estética urbana; es el miedo a que el agua desaparezca y la contaminación se dispare mientras Zuckerberg nos vende una utopía de ocio eterno que suena a cuento de camino. El coste personal para Sam ha sido, literalmente, explosivo. Pasar de ser el gurú del futuro a recibir un cóctel molotov en su propia casa por parte de activistas de PauseAI es el tipo de 'feedback' que no se soluciona con una actualización de software. Para colmo, OpenAI se ha convertido en una puerta giratoria de ejecutivos. La reciente salida del responsable de la construcción de infraestructura, según el Wall Street Journal, huele a pánico previo a la IPO. Intentan frenar el desarrollo de modelos por 'seguridad' tras el susto con Hugging Face, pero el mercado no es tonto. Altman dice que no es un 'YOLO CEO' obsesionado con los ingresos, pero cuando tienes el agua al cuello y los inversores mirando el reloj, la diferencia entre la seguridad y el marketing es más fina que el papel de fumar.
El PVC es ese invitado pesado de la fiesta ecológica que nadie quiere en casa. Presente en tuberías, tarjetas de crédito y cables, este material se produce a un ritmo frenético de 40 millones de toneladas anuales, pero su capacidad de reciclaje es, básicamente, nula. Mientras nosotros intentamos separar el yogur del cartón como si fuera una cirugía a corazón abierto, la inmensa mayoría del PVC termina pudriéndose en vertederos porque su contenido de cloro lo hace un hueso imposible de roer para la industria. Pero aquí entra la ciencia con un giro de guion digno de Hollywood. Guioliang “Greg” Liu y su equipo en Virginia Tech han decidido que, si el plástico no quiere ser plástico, que sea aceite. En un proceso que suena a receta de cocina alquimista, mezclan el PVC con solventes, tricloruro de aluminio y alfa-olefinas, y lo meten al horno a 158 grados Fahrenheit durante tres horas. El resultado no es una escultura moderna, sino un lubricante industrial espeso y, según el estudio publicado en la revista Nature, sostenible. Lo más irónico es que el descubrimiento nació de un fracaso. Al principio, el resultado era una especie de moco blando y pegajoso que no servía ni para engrasar una bisagra oxidada. Fue entonces cuando Liu tuvo el chispazo: en lugar de pelearse con la viscosidad, decidió romper las cadenas del polímero hasta que el 'pegote' se convirtió en un aceite de alto rendimiento. Ahora, mientras el mercado busca desesperadamente el sello de 'verde' para no morir en el intento, estos investigadores intentan que el proceso sea escalable y barato. Al final, han convertido la basura más testaruda del planeta en el 'héroe silencioso' que mantiene las máquinas girando sin que nos demos cuenta.
Hay cosas que, sencillamente, no deberían volar. El Super Guppy es una de ellas. Con la estética de una ballena que ha abusado del buffet libre, este engendro nacido el 31 de agosto de 1965 rompió todas las leyes de la elegancia aeronáutica para resolver un problema muy terrenal: mover piezas de cohetes que no cabían ni en el sueño más optimista de un transportista. Aero Spacelines cogió un Boeing B-377 Stratocruiser y lo deformó hasta convertirlo en un contenedor con alas, una especie de mudanza voladora con una bodega de 7,6 x 7,6 x 33,8 metros. Imaginen intentar meter un sofá en un coche pequeño; pues bien, la NASA decidió que lo más inteligente era hacer que el coche tuviera la nariz abatible para que el sofá —en este caso, etapas de cohetes del programa Apollo— entrara deslizándose sin rascar la pintura. Cargar más de 26 toneladas es una cifra que suena a estadística fría, pero en la calle significa que el bicho podía tragarse un jet supersónico T-38 entero como quien se come un aperitivo. El modelo original se jubiló en 1991 y ahora descansa en el Pima Air Museum de Tucson, Arizona, probablemente aliviado de no tener que luchar contra la gravedad. Sin embargo, la NASA sigue aferrada a versiones modernas para mover el programa Artemis, cargando cápsulas Orion y escudos térmicos que cuestan más que el PIB de algunos municipios. La ironía final es que, mientras planeaban lucirse en el EAA AirVenture Oshkosh 2026, una tormenta le ha dado un correctivo al avión actual, que ahora está en el taller. No sabemos si llegará a la expo Max Power del 7 y 8 de noviembre, pero nos recuerda que, aunque seas un gigante del espacio, una nube malhumorada te puede dejar en tierra.
En un mundo donde los fabricantes diseñan gadgets con la fecha de caducidad grabada en el alma, Sennheiser ha decidido jugar al rebelde. Mientras que la mayoría de los auriculares inalámbricos son básicamente consumibles caros —como ese aguacate que compras hoy y mañana ya es mermelada—, los nuevos MOMENTUM True Wireless 5 llegan con una propuesta que roza la herejía corporativa: baterías reemplazables por el usuario. Sí, han incluido una herramienta para que no tengas que tirar el aparato a la basura cuando la batería decida jubilarse, evitando ese 'sablazo' recurrente de comprar un modelo nuevo cada dos años. Pero claro, la ecología tiene un precio de etiqueta: 299,95 dólares. Por ese monto, te llevas un diseño basado en miles de modelos de orejas (para que no sientas que tienes dos piedras en el cráneo) y un transductor dinámico TrueResponse de 7mm heredado de equipos mucho más caros. En el papel, es una bestia: Bluetooth 6.0, Snapdragon Sound y una respuesta de frecuencia de 5 Hz a 21 kHz que puedes retocar en la app Smart Control Plus si quieres que suenen como los HDB 630. Para los que viven en el caos, han metido ocho sensores (seis micros y dos acelerómetros de conducción ósea) y certificación IP54. Prometen aislar el ruido del metro y el viento mediante IA, mientras que el estuche con carga Qi extiende la autonomía a 40 horas totales (12 horas sin ANC o 6 con él activado). Disponibles el 3 de septiembre en colores como Denim o Lavender, estos auriculares intentan convencernos de que el lujo no tiene por qué ser desechable, aunque el precio siga siendo un lujo en sí mismo.
Pasamos de tener al Big Mouth Billy Bass colgado en la pared del sótano como un chiste de los noventa a fabricar espías acuáticos que parecen sacados de una película de ciencia ficción. El problema hasta ahora era que la ingeniería robótica era tan rígida como un contrato bancario: querías monitorizar un charco, comprabas un robot pequeño; querías vigilar un lago, tenías que diseñar otro aparato desde cero. Un gasto de tiempo y recursos que, en la calle, llamaríamos 'tirar la casa por la ventana' sin sentido práctico. Aquí entra ScaFi, la joya de la corona de los ingenieros del Instituto Federal Politécnico de Lausana (EPFL) y la Universidad Tecnológica de Queensland. Han logrado lo que parece magia: un único plano para tres tamaños distintos. No es que el pez se estire como un chicle, sino que han optimizado el esqueleto de varillas de fibra de vidrio y tela. Para pasar del modelo 'aperitivo' de poco menos de dos pies, al 'menú mediano' de 3,6 pies, o al 'monstruo' de nueve pies, solo hace falta cambiar el grosor de las varillas. Es como si pudieras ampliar tu casa simplemente comprando ladrillos más gordos sin tener que contratar a un arquitecto nuevo. La profesora Nana Obayashi, quien lideró el proyecto, lo ha dejado claro en npj Robotics: la naturaleza no viene en talla única, y sus herramientas tampoco deberían. Eso sí, la física no perdona. Mientras que el pequeño es un rayo de agilidad, el gigante de nueve pies —que probablemente haya dejado traumadas a las siluras del Lago Lemán, siendo el doble de grande que ellas— es un tanque: mantiene el rumbo pero se mueve con la velocidad de un lunes por la mañana. Un recordatorio humilde de que, aunque dominen la escala, la biología sigue llevando la delantera en eficiencia energética.
La educación superior ha pasado de los apuntes arrugados a la automatización total. Ya no basta con que un chatbot te redacte el ensayo mientras tú te haces un café; la nueva vanguardia consiste en delegar la existencia académica completa a agentes de IA. Estamos hablando de software que se loguea en Canvas y Blackboard, hace los tests, 've' los vídeos y hasta se pelea en los foros de debate simulando ser un alumno motivado. Mientras tanto, el estudiante real se dedica al 'doomscrolling' o al gaming, optimizando su tiempo como si fuera un CEO de Silicon Valley pero sin el salario. Lo más delirante es la gimnasia mental de las tecnológicas. ChatGPT, Gemini y Grammarly no ponen ni una pega a escribir trabajos enteros. Perplexity, en un despliegue de cinismo nivel experto, le soltó al New York Times que obligar a la IA a identificarse en las plataformas educativas 'pondría en riesgo la privacidad del alumno'. Traducción: 'No queremos romper el juguete que mantiene nuestros números arriba'. En el campus, el caos es absoluto. Profesores como Karen Costa se preguntan si están dando clase a humanos o a un ejército de bots. La hipocresía alcanza su pico en instituciones como la California State University, que firma contratos multimillonarios con OpenAI mientras sus docentes, como Carol Sewell, se sienten solos en la trinchera. La respuesta institucional es casi medieval: la University of Chicago Law School ha prohibido móviles y laptops en primer año, y Princeton ha fulminado un Código de Honor centenario porque ya no se puede confiar ni en la sombra de un alumno. Hemos llegado al punto donde la única forma de asegurar que alguien piense es quitarle la electricidad.
Japón ha elevado la compra impulsiva a un deporte nacional. Mientras que en Occidente peleamos con una máquina de café que te roba la moneda y te entrega un agua tibia, en la tierra del sol naciente hay más de 2.6 millones de estos artefactos. Hagamos cuentas rápidas: con 122 millones de habitantes, hay una máquina por cada 45 o 50 personas. Básicamente, tienes una más cerca que el buzón de casa. Desde ramos de flores hasta saltamontes comestibles; si existe y cabe en una caja, hay una máquina que te lo vende sin pedirte el DNI. La historia es un chiste: empezó con Herón de Alejandría en el siglo I d.C., vendiendo agua bendita en templos egipcios mediante un sistema de contrapesos que haría parecer complejo el montaje de un mueble de IKEA. Luego pasamos por las postales de Londres y los chicles de la Thomas Adams Gum Company en Nueva York en 1888, hasta que Japón, en su frenesí de recuperación económica posguerra, decidió que hacer cola cinco minutos en una tienda era un lujo que no podían permitirse. Por dentro, estas cajas son auténticos búnkeres tecnológicos. Un microcontrolador hace de cerebro, mientras sensores electromagnéticos y ópticos analizan tus monedas con la precisión de un perito judicial, midiendo el diámetro y la velocidad para que no intentes colar una arandela oxidada. Pero lo brillante es su pragmatismo: máquinas de temperatura dual que reciclan el calor del frío para calentar el café, y un diseño con el peso en el 'sótano' para que no salgan volando durante un terremoto. Lo más irónico es el 'modo gratis': ante un desastre natural, el router activa el reparto gratuito. Porque nada dice 'estamos en medio de un cataclismo' como un refresco gratis de cortesía.
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