¡Astronautas chinos, qué follón!
La expedición Shenzhou 21, un culebrón espacial de 210 días, ha concluido con un aterrizaje en Mongolia Interior. Un récord de permanencia en la estación Tiangong, salpicado de imprevistos dignos de una serie de Netflix. Resulta que la cápsula de regreso original, la Shenzhou 20, amaneció con una grieta en la ventana, cortesía de un 'recuerdo' de basura espacial. Imagínense la escena: los astronautas de la 20, a punto de hacer la maleta, y zas, un sablazo de micrometeorito. Demasiado riesgo para volver en ella, así que cedieron su asiento a la tripulación recién llegada, dejándolos temporalmente 'varados' en la órbita. Una movida que, en la lista de la compra de problemas espaciales, está cerca del desastre. China, sin embargo, no se anduvo con chiquitas: aceleró el lanzamiento de la Shenzhou 22 (sin tripulación, ojo) para rescatar a los astronautas Zhang Lu, Wu Fei y Zhang Hongzhang. Wu Fei, con 32 años, se convirtió en el astronauta chino más joven en viajar al espacio, y aprovechó para soltar una frase motivacional digna de un anuncio de coches: “La juventud más hermosa es responder al llamado de la patria”. La Shenzhou 21 realizó tres paseos espaciales y experimentos en microgravedad, ciencia de materiales y medicina aeroespacial. Mientras tanto, la Shenzhou 20, la que casi se quedó sin billete de vuelta, regresó a la Tierra vacía en enero. Ahora, la Shenzhou 23, con Zhu Yangzhu, Zhang Zhiyuan y Lai Ka-ying (el primer astronauta de Hong Kong en el espacio), ha tomado el relevo. Uno de ellos se quedará un año completo en Tiangong, otro hito para el programa espacial chino. Todo un drama, a 400 kilómetros de altura.
Iván Romero