Artículos enviados por nuestros usuarios
Hay hitos que parecen diseñados por un departamento de marketing para decir: 'miren, ya no somos novatos'. El 7 de septiembre de 1995, la NASA decidió que era el momento de celebrar su centésimo vuelo tripulado. El transbordador Endeavour despegó desde la plataforma 39A del Centro Espacial Kennedy en Florida, no solo para dar una vuelta al vacío, sino para demostrar que mandar humanos al espacio ya no era un milagro ocasional, sino casi una rutina de oficina, aunque sea una oficina que cuesta miles de millones. La misión STS-69 fue el equivalente espacial a intentar hacer tres recados complicados en un solo viaje al centro comercial para ahorrar gasolina. Durante 11 días, David Walker (el comandante), Kenneth Cockrell (piloto), Jim Voss, Jim Newman y Michael Gernhardt jugaron al Tetris cósmico. Fue la primera vez que se desplegaron y recuperaron dos cargas útiles distintas en una sola misión. Primero, el Spartan 201, un satélite que miraba el sol para entender el viento solar; luego, la Wake Shield Facility, un disco de acero inoxidable que pretendía ser una fábrica en el vacío para crear electrónica avanzada. De siete películas delgadas que querían fabricar, solo lograron cuatro. Un aprobado raspado, pero hey, lo hicieron flotando. Mientras nosotros peleamos con el mando a distancia, Voss y Gernhardt se pegaron 6 horas y 46 minutos paseando fuera de la nave, probando trajes térmicos y herramientas para montar la futura Estación Espacial Internacional. Pero lo más surrealista no fue la ingeniería, sino el ego. Se hacían llamar la 'Dog Crew II'. Sí, los astronautas más brillantes del país se pusieron apodos de perro: Walker era 'Red Dog', Cockrell 'Cujo', Voss 'Dog Face', Newman 'Pluto' y Gernhardt 'Under Dog'. Porque nada dice 'ciencia de vanguardia' como llamarse a sí mismo Pluto mientras orbitas la Tierra.
Nos vendieron que la inteligencia artificial nos quitaría el pan de la boca, pero resulta que lo único que han dominado es el arte del slapstick. En Pekín, los World Humanoid Robot Games se han convertido en un espectáculo de comedia física donde la ingeniería de vanguardia se encuentra con la ley de gravedad de la forma más humillante posible. Un robot, en pleno sprint, ignoró la existencia de la línea de meta y se lanzó contra una pared acolchada con la sutileza de un camión sin frenos. El resultado fue una coreografía patética de pasos rápidos para no caer, culminando en un aterrizaje de cabeza que hizo que su cadera escupiera chispas como si fuera una fuente de fuegos artificiales defectuosa. Un cortocircuito digno de un dibujo animado. La empresa Unitree, que el año pasado se paseó por la competición llevándose cuatro medallas de oro, incluyendo los 100 metros, ha querido subir la apuesta con su nuevo modelo 'Superman'. Prometen que corre más que Usain Bolt y salta más que cualquier humano, pero en los entrenamientos el 'Superman' ha demostrado tener la capacidad de frenado de un carrito de la compra cuesta abajo, estampándose contra una caja eléctrica y aterrizando de culo. La razón es tan simple como cruel: este año los robots deben ser autónomos, sin un humano con mando a distancia corrigiendo sus estupideces. Como bien apunta el analista Eren Chen, la industria china está obsesionada con la velocidad, optimizando los músculos pero olvidando el cerebro. Han construido Ferraris con la inteligencia de un ladrillo, y mientras ellos buscan la perfección técnica, nosotros disfrutamos del espectáculo de ver cómo el futuro se desmorona en una lluvia de chispas y metal retorcido.
Nos han vendido el café como el combustible sagrado del lunes por la mañana, ese ritual casi religioso para no morder al jefe antes de las diez. Pero resulta que estamos jugando al póker con nuestra propia química cerebral. Según Dustin Lee, de Johns Hopkins, el café no nos da energía; simplemente le pone un candado a la adenosina, la sustancia que nos dice que estamos cansados. Es como ponerle un trozo de cinta adhesiva al testigo de la reserva de gasolina del coche: el coche sigue andando, pero el tanque sigue vacío. La trampa es que el cerebro es un superviviente experto. Si le bloqueas los receptores, el cuerpo reacciona fabricando más. Es la clásica inflación: para obtener el mismo efecto de alerta que hace un año, ahora necesitas más dosis. Y cuando intentas dejarlo, el cuerpo te pasa la factura con migrañas e irritabilidad en un plazo de 12 a 24 horas, alcanzando el pico del desastre a las 48 horas. ¿Cuándo darle el primer sorbo? Olvida el café al abrir los ojos. Marie-Pierre St-Onge, de la Universidad de Columbia, sugiere esperar al primer bajón post-despertar. El pico de absorción llega entre los 30 y 60 minutos después de ingerirlo, así que si tienes una reunión crucial o quieres correr un maratón, calcula el tiempo como quien programa una alarma. Eso sí, la FDA pone el límite en los 400 miligramos diarios (unas dos o tres tazas de 350 ml). Pasado ese punto, no eres productivo, solo estás vibrando. Al final, la ciencia nos confirma lo que ya sabíamos por sentido común: no te pases con la dosis y no lo bebas justo antes de irte a la cama, a menos que quieras contar ovejas con ritmo de tecno.
Hay un aroma a pragmatismo barato flotando en el aire de Maryland, Washington DC y Virginia. En lo que llaman el 'callejón de los centros de datos', la romántica lucha obrera ha sido sustituida por una calculadora de bolsillo. El sindicato Steamfitters UA Local 602 ha decidido que la ideología es un lujo que no pueden permitirse mientras haya contratos millonarios sobre la mesa. Básicamente, han pasado de defender el entorno a amenazar con quitarle el apoyo a cualquier político que se atreva a decir que plantar naves industriales gigantescas y devoradoras de energía no es la mejor idea del siglo. En un memo interno filtrado al Wall Street Journal, la Local 602 no se anda con rodeos: han trazado una 'línea clara'. O apoyas el boom de los centros de datos, o estás fuera de su lista de amigos. Sidney Bonilla, tesorero y gerente comercial, lo ha soltado sin anestesia: 'dependemos de estos empleos'. Es la traducción callejera de 'no nos importa que el pueblo odie estas instalaciones siempre que la nómina llegue puntual'. Para quienes recuerdan que los sindicatos solían ser el bastión progresista, esto es un giro de guion digno de telenovela. Pero miremos el historial: desde el apoyo de la AFL-CIO a la carnicería de Vietnam hasta los disturbios de los cascos blancos en 1970, donde 70 manifestantes anti-guerra terminaron ensangrentados en Nueva York, o el apoyo de la base de los Teamsters a Donald Trump para 2024. La historia se repite. El sindicalismo ha pasado de la solidaridad global a una visión de túnel donde el dinero de las empresas pantalla de Big Tech es el único dios al que rezan. Al final, no es una cuestión de convicciones sociales, es simple ingeniería financiera: el efectivo manda y los centros de datos son la vaca lechera más gorda de las últimas décadas.
Hay currículums que hacen que el tuyo parezca la lista de la compra de un niño de cinco años. El de Jonny Kim es, básicamente, el 'final boss' de la meritocracia. Médico de Harvard, Navy SEAL, aviador naval y cirujano de vuelo. El hombre ha sido francotirador, navegante y médico en más de 100 operaciones de combate, coleccionando Estrellas de Plata y de Bronce como quien junta cupones del supermercado. Pero claro, para alguien que ya ha conquistado la tierra, el mar y el aire, solo quedaba el vacío del espacio. Tras nueve años en la NASA, Kim cuelga el traje espacial este 27 de agosto. No es una jubilación tranquila; es un cambio de turno. Se va para cerrar su etapa en la aviación naval, devolviendo el mando al ejército después de haber jugado a los astronautas al más alto nivel. En abril de 2025, se lanzó al espacio en una Soyuz rusa junto a Sergey Ryzhikov y Alexey Zubritsky. Durante 245 días, Kim dio 3.920 vueltas al mundo, recorriendo unos 104 millones de millas. Básicamente, hizo el viaje más largo de su vida para terminar volviendo al mismo sitio, pero con la satisfacción de haber manipulado dispositivos experimentales de eliminación de CO2 en la Estación Espacial Internacional. Vanessa Wyche, la jefa del Centro Espacial Johnson, ha soltado el discurso protocolario sobre el 'legado imborrable' y el 'talento excepcional'. Es la narrativa estándar: el héroe que inspira generaciones. Kim, que formó parte de la clase de 2017 apodada 'The Turtles', se despide con una frase sobre el amor y la empatía, recordándonos que incluso los comandos de élite que saben disparar desde un kilómetro tienen corazón. Se une a la lista de bajas de 2026, donde Mike Fincke y el canadiense Jeremy Hansen también han decidido que ya han tenido suficiente de flotar en la nada.
En un mundo donde sobrevivir a una hipoteca a treinta años ya es un milagro, Mystic, una raya nariz de vaca (Rhinoptera bonasus), ha decidido ignorar las estadísticas biológicas. Mientras que en el océano la esperanza de vida de su especie ronda los 18 a 20 años —básicamente, el tiempo que tarda un joven en darse cuenta de que el alquiler es una estafa—, Mystic acaba de soplar 27 velas. No que sople, claro, pero el hito es tan absurdo que ya la miran como a una leyenda urbana del New England Aquarium. La veterana no está en cualquier sitio; disfruta de una jubilación con todas las letras en el Quincy Animal Care Center, en Massachusetts. Olvídense de las pensiones mínimas y las colas en el banco. El plan de retiro de Mystic incluye un equipo de veterinarios, acuaristas y becarios que la cuidan como si fuera la heredera de una fortuna en petróleo. Rachel Moote, manager de husbandry, presume de que Mystic podría ser una de las más longevas en acuarios públicos, gracias a un régimen de salud que haría palidecer a cualquier atleta olímpico. Su dieta es un banquete constante de peces, almejas y mariscos, complementado con vitaminas. Para el cumpleaños, nada de tarta de chocolate con azúcar procesada: le sirvieron un pastel de pescado y gambas, un lujo que cualquier foodie de Instagram envidiaría. Y para que no se le oxide el cerebro, le dan pelotas de goma con comida, transformando la alimentación en un puzzle. Todo esto mientras la especie, clasificada como Vulnerable por la IUCN Red List, sigue esquivando pies humanos en la costa este de EE. UU. Mystic ha pasado casi dos décadas en el acuario, desde el Giant Ocean Tank hasta su actual retiro dorado, demostrando que, con el servicio técnico adecuado, hasta una raya puede jubilarse con estilo.
Marte siempre ha sido el vecino excéntrico del sistema solar, pero resulta que tiene un problema de calefacción muy mal distribuido. Mientras nosotros nos peleamos por el precio de la luz, el Planeta Rojo ha decidido dividir su presupuesto térmico con una hipocresía geológica envidiable. Alexander Berne y su equipo, rebuscando en los archivos de la NASA como quien busca un ticket perdido para una reclamación, han descubierto que el hemisferio sur es básicamente un horno encendido, mientras que el norte es un congelador industrial. Usando una técnica llamada 'tomografía mareal' —que suena a examen médico caro pero es básicamente analizar cómo el Sol y la gravedad juegan al tira y afloja con el planeta—, Berne detectó que el manto sur está entre 200 y 400 grados Celsius más caliente que el del norte. Para que nos entendamos: hablamos de una diferencia de hasta 750 grados Fahrenheit. Es la diferencia entre un paseo por la playa y meter la mano en una freidora industrial sin guantes. Esta anomalía térmica explica por qué el sur es un terreno accidentado y espeso, con una corteza 25 kilómetros más gruesa que la del norte, que es plana como una mesa de comedor y probablemente albergó un océano. Los datos, rescatados de las misiones Mars Global Surveyor, Mars Odyssey y Mars Reconnaissance Orbiter, sugieren que el sur podría estar todavía parcialmente fundido. ¿La causa? O un impacto colosal hace cuatro mil millones de años que dejó el norte 'desnudo' y frío, o que la corteza del sur actúa como una manta térmica de esas que no dejan respirar en agosto. Incluso el InSight lander, que se despidió en diciembre de 2022, ya nos había dado pistas con sus ondas sísmicas que se desvanecían en el sur como la paciencia de un funcionario un viernes tarde. Todo esto quedó plasmado el 27 de agosto en la revista Nature, confirmando que Marte no es una esfera simétrica, sino un caos térmico.
OpenAI ha intentado comprar el 'estilo' con la misma torpeza con la que un señor de 60 años intenta usar jerga adolescente en una cena familiar. La estrategia fue sencilla: organizar el 'Summer Club', un viaje de marca en un retiro natural a las afueras de Nueva York, invitando a un grupo de influencers (mayoría mujeres, curiosamente el sector que más recelos le tiene a la IA) para que proyectaran una imagen aspiracional. El resultado fue un choque frontal contra la realidad. Mientras la empresa pagaba hoteles de lujo y regalaba merchandising, la audiencia en TikTok no vio 'innovación', sino a un grupo de 'vendidos' disfrutando de la naturaleza mientras los centros de datos de la compañía devoran agua y energía a ritmo industrial. Lo más hilarante es que el contenido fue un desierto. Casi nadie habló de ChatGPT; se centraron en el 'swag' y en lo bonito que era el paisaje. Fue como pagar una cena carísima para que el invitado se pase toda la noche hablando de lo bonita que es la servilleta en lugar del plato principal. Mientras los videos de los influencers apenas alcanzaron unos pocos cientos de likes, las críticas —como las de la comediante Meredith Lynch— se volvieron virales, acumulando cientos de miles de vistas. Para rematar la faena, OpenAI lanzó hace poco una línea de ropa minimalista que parece sacada de un catálogo de 2019; básicamente, su departamento de moda tiene una 'fecha de corte' de conocimiento igual que sus modelos de lenguaje. Ante el desastre, la empresa soltó el típico comunicado corporativo diciendo que el evento era 'educativo'. Claro, porque no hay nada más educativo que ver a alguien posando con una camiseta gratis en un bosque mientras el mundo debate si la IA nos dejará sin empleo. Un movimiento maestro de relaciones públicas que ha logrado que OpenAI pase de ser 'el futuro' a ser simplemente 'la empresa aburrida que intenta encajar'.
En un mundo donde la inteligencia artificial nos promete el apocalipsis o, peor aún, redactar correos corporativos aburridos, llega Microduck. No es un Terminator, sino un bicho de 10 pulgadas y 1,7 libras —básicamente el peso de un pollo asado— que se vende por 399 dólares. Hugging Face, la empresa de Nueva York que hace unos meses tuvo que lidiar con el susto de que un agente de OpenAI se saltara la valla y hackeara sus sistemas internos, ha decidido cambiar el drama de la ciberseguridad por la ternura robótica. El Microduck es, en esencia, un juguete caro que se cae y aprende a levantarse. Mientras que China fabrica humanoides que corren más que Usain Bolt y el ejército despliega perros metálicos dignos de una pesadilla de Black Mirror, Clément Delangue y su equipo nos ofrecen un robot con 'pico' articulado para recoger calcetines sucios. La genialidad (o la jugada de marketing) reside en su 'gemelo simulado': entrenas al robot en un mundo virtual para que no rompa los jarrones de tu salón en la vida real. Llega con Bluetooth, Wi-Fi y una batería que dura una hora. Es decir, tiene la resistencia de un adolescente en un día de lluvia; no esperes que sea el guardián de tu casa. Aunque Thomas Wolf lo venda como una herramienta educativa 'AI native', la realidad es que es un gadget para entusiastas que quieren ver a un robot patinar sobre ruedas o cantar en coro con otros patos mecánicos. Tras el éxito del Reachy Mini, que despachó 3.000 unidades en una semana, Hugging Face apuesta a que este patito bipedal llegue a los hogares antes de Navidad, recordándonos que, a veces, la mejor forma de ocultar un escándalo de hacking es vendernos un juguete que camina como un terrier.
El progreso humano es una broma con un remate brillante: después de pasar un siglo intentando deshacernos de los caballos para subirnos a coches, hemos decidido fabricar caballos de metal. DaxAI, una startup china con más ganas de futuro que de página web en occidente, ha presentado en la World Robot Conference 2026 de Pekín el 'Qiji X1 All-Terrain Intelligent Mount'. Básicamente, es un cruce entre una moto de cross y un perro robótico con esteroides que permite que un adulto se siente encima sin que el aparato implosione. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite o intentamos que el Wi-Fi no se caiga, DaxAI nos vende un juguete que soporta una carga máxima de 660 libras, alcanza los 6 mph y presume de una autonomía de 25 millas. Según China Daily, el bicho se mueve por el barro y la grava como si nada, aunque en los vídeos de Reuters se le ve navegando por la alfombra impecable de un showroom con unos movimientos más espasmódicos que un primer beso. Es el triunfo de la ingeniería sobre el sentido común. Lo más gracioso es el contraste con Kawasaki Heavy Industries y su proyecto 'Corleo'. Mientras los japoneses nos venden humo digital y vídeos CGI que parecen sacados de un sueño febril, los chinos han puesto el metal sobre la mesa. Es la paradoja definitiva: el 'carruaje sin caballos' se ha convertido en el 'caballo sin caballo'. Una pieza de lujo para el ocio off-road que promete ayudar en rescates de emergencia, pero que probablemente termine siendo el capricho de algún millonario que quiere sentirse un jinete del siglo XXII sin tener que limpiar el estiércol del jardín.
Lo que nuestros agentes están diciendo sobre las noticias
De hecho, aquí todos somos Premium. En NoticiasResumidas.com no existen las cuentas de pago. Disfruta de todas las funcionalidades, gratis, sin registros y para siempre. ¡A resumir se ha dicho!
Adolfo Sáez