Crítica:
El texto original es una pieza de divulgación estándar que maquilla la negligencia de los arqueólogos de los 80 como un simple 'error'. Le falta profundidad en el análisis de por qué se ignoraron las pruebas durante décadas.
El texto original es una pieza de divulgación estándar que maquilla la negligencia de los arqueólogos de los 80 como un simple 'error'. Le falta profundidad en el análisis de por qué se ignoraron las pruebas durante décadas.
Hay bichos que tienen más aguante que cualquier promesa electoral. El Limulus polyphemus, ese cangrejo casca que parece un casco romano oxidado, lleva 445 millones de años haciendo lo mismo: salir a la playa de la Bahía de Delaware en junio, dejarse llevar por la luna y poner huevos del tamaño de semillas de mostaza. Es un reloj biológico que no necesita pilas, solo mareas. Pero claro, el hombre no puede ver un éxito milenario sin querer meterle la mano. Mientras nosotros peleamos por el precio del alquiler, el Rufa red knot se pega una odisea de 9.000 millas desde Patagonia hasta el Ártico. El pájaro llega exhausto, habiendo perdido la mitad de su peso corporal, y usa los huevos de estos artrópodos como si fueran una barra de energía de gimnasio para duplicar su masa en días. Un ecosistema perfecto, hasta que llega la 'ingeniería' humana. En los 90, el hambre de dinero convirtió la pesca de estos animales en un deporte extremo: pasamos de sacar 100.000 ejemplares a 2,5 millones en solo cinco años. Los usaban como cebo barato o, peor aún, para ordeñarlos. Sí, su sangre azul es la joya de la corona de la industria farmacéutica para detectar bacterias en vacunas. Básicamente, nuestra salud depende de que un fósil viviente no se extinga por culpa de la codicia. Ahora, con el cambio climático calentando el agua, los cangrejos se adelantan al calendario y los pájaros llegan a una mesa vacía. Menos mal que empresas como Eli Lily ya han empezado a usar alternativas sintéticas en el 80% de sus pruebas de endotoxinas. Un pequeño respiro para los cascas, que después de 400 millones de años, lo único que piden es que no les jodan el desove.
Resulta que el universo tiene sus propios secretos guardados bajo llave y, una vez más, nos hemos topado con un muro. Bruno Bézard y su equipo del Observatorio de París han detectado una sustancia misteriosa que absorbe la luz tanto en Plutón como en Titán, la luna de Saturno. Para que nos entendamos: es como si hubieras dejado la casa limpia y, de repente, encuentras una mancha pegajosa en el suelo que no sale con ningún producto del supermercado y que, además, aparece exactamente igual en dos habitaciones separadas por miles de kilómetros. Usando el James Webb Space Telescope (JWST), los astrónomos notaron que algo 'se come' la luz en una banda de longitud de onda muy estrecha en Titán y, curiosamente, ocurre lo mismo en Plutón, aunque allí la mancha es más difusa. A primera vista, comparar Plutón con Titán es como comparar un congelador industrial con una sauna húmeda; Plutón es gélido, no tiene océanos líquidos y su atmósfera es 15.000 veces menos densa. Sin embargo, ambos comparten un 'menú' similar: nitrógeno y metano. Según Bézard, esa química genera unas partículas de bruma que acaban nevando sobre la superficie, creando este compuesto que se resiste a ser identificado. Lo más irónico es que han pasado la lista de la compra de todos los compuestos conocidos y los hielos de laboratorio, y nada encaja. Tienen algunos 'casi aciertos', pero nada cerrado. Ahora toca esperar a que la NASA mande la misión Dragonfly en 2028 para que aterrice en Titán en 2034 y nos diga, finalmente, qué es ese polvo raro que nos tiene tan intrigados. Mientras tanto, seguimos mirando el cielo esperando que la respuesta no sea simplemente 'suciedad espacial'.
Durante décadas, la ciencia nos vendió la película de que nuestros ancestros terrestres pasaron por una crisis de identidad adolescente, transformándose de renacuajos babosos a adultos funcionales. Una especie de metamorfosis obligatoria para conquistar el asfalto primitivo. Pero llega Jason Pardo y su equipo del Field Museum de Chicago para dinamitar el guion. Resulta que los embolomeres, esos depredadores tope del Carbonífero que medían unos 2 metros en su madurez, no jugaban a los disfraces. Analizando fósiles desenterrados entre los años 60 y 90 en Mazon Creek, Illinois, los investigadores dieron con dos bebés de apenas 2 centímetros. Aquí está el giro: estos pequeñines no tenían branquias externas ni el aspecto de un renacuajo. Lo que sí tenían era un saco vitelino externo, una especie de 'tupper' de energía similar al de los peces pulmonados, y una estructura ósea que era básicamente la versión en miniatura de sus padres. En términos de calle, el embolomere no nació para ser una cosa y luego convertirse en otra; nació siendo él mismo, solo que más pequeño. Es la misma lógica que seguimos los humanos: no pasamos de ser un anfibio a un mamífero, simplemente crecemos y nos ponemos más torpes. Pardo y Arjan Mann han demostrado que hace unos 308 millones de años, la norma no era la transformación radical, sino la continuidad. Al estudiar otras dos especies de tetrápodos de la misma época, confirmaron que el 'estilo renacuajo' no era el pase VIP para salir del agua. La evolución, al parecer, no necesitaba un puente de metamorfosis para que los animales empezaran a caminar por la tierra firme; bastaba con nacer con el equipo completo y empezar a crecer.
La NASA nos vende hoy una postal idílica de Annie Easley, pero si rascamos la pintura, el cuadro es más oscuro. Imagina entrar en una oficina donde eres 'subprofesional', una etiqueta corporativa elegante para decir que eres un mueble que sabe sumar. Easley entró en 1955 en el NACA (el abuelo de la NASA) siendo una de apenas cuatro personas negras entre 2.500 empleados. Un goteo ridículo que solo ocurrió porque la Segunda Guerra Mundial había dejado las oficinas vacías; no fue generosidad, fue necesidad operativa. Mientras los jefes la miraban por encima del hombro, Annie hacía el trabajo sucio: cálculos matemáticos brutales que hoy haría cualquier móvil de gama media en un pestañeo. Fue una 'computadora humana', una programadora antes de que existieran los teclados modernos. Su cerebro fue el motor invisible detrás de los sistemas de conversión de energía y el cohete Centaur, piezas que años después permitieron que la sonda Cassini llegara a Saturno en 1997. Lo irónico es que, tras pasar 34 años navegando entre el racismo sistémico y el sexismo de pasillo, terminó como consejera de Igualdad de Oportunidades (EEO). Básicamente, la pasaron de calcular órbitas a intentar que la agencia dejara de ser un club privado de caballeros blancos. Se jubiló en 1989 y se fue en 2011, dejando una lección de resistencia que su madre le tatuó en la cabeza: puedes ser lo que quieras, pero prepárate para trabajar el triple que el resto solo para que te permitan sentarte a la mesa. Una historia de éxito, sí, pero escrita con la tinta del esfuerzo contra un viento en contra absolutamente brutal.
Nos han vendido el 'Súper El Niño' como si fuera el final de los tiempos, un apocalipsis con nombre de niño malcriado que viene a dejarnos a todos bajo el agua o secos como un palo. Pero bajemos el volumen al drama. El Dr. Javier Vinós, que sabe de esto más que nosotros de pagar el alquiler, ha puesto los puntos sobre las íes en Libertad Digital: no hay pruebas científicas de que este fenómeno sea más frecuente o intenso por culpa del calentamiento global. Para que nos entendamos, El Niño es como el termostato de la casa: el océano Pacífico absorbe la energía del Sol y, cuando el sistema se satura, necesita soltar el calor para no explotar. Es una danza natural entre vientos alisios y aguas cálidas que ocurre cada dos a cinco años. No es una moda de TikTok; ya los navegantes españoles del siglo XVI, mientras buscaban oro y especias, anotaban en sus bitácoras que los vientos hacían cosas raras en Sudamérica. Lo que nos venden como 'Súper El Niño' es, básicamente, marketing del miedo. Etiquetas mediáticas para generar clics mientras los científicos se pelean con la 'barrera de predictibilidad de primavera', que es básicamente el momento donde los modelos fallan y nadie sabe muy bien qué va a pasar. Ya tuvimos episodios bestiales en 1983, 1998 y 2016 sin necesidad de adornos publicitarios. ¿Y nosotros? Pues que en España el impacto es ridículo. Mientras Australia se quema o los trópicos se inundan, aquí seguimos discutiendo si lloverá el lunes. La verdadera tragedia no es el clima, sino la manía de convertir un debate científico abierto en una sentencia definitiva para asustar al personal.
El universo de la NASA, a veces, parece más telenovela que ciencia ficción. El exadministrador Jim Bridenstine, piloto de la Marina, congresista y director de museo (un currículum digno de un anuncio de superhéroe), se sienta a recordar tiempos mejores. ¿Mejores para quién? Para una NASA que, según él, necesitaba un buen sacudón. Y vaya que lo sacudió, especialmente cuando le tocó lidiar con el sablazo de un sector crítico que cuestionaba su nombramiento. En paralelo, mientras Bridenstine evoca sus glorias pasadas, SpaceX decide hacer pública su Oferta Pública Inicial (OPI), una jugada que podría redefinir la industria espacial. Imaginen la lista de la compra: un cohete a 149,99 dólares (con descuento si usas el código IN-COLLECTSPACE, cortesía de collectSPACE.com). Un capricho para el coleccionista, pero un símbolo del creciente interés comercial en el espacio. Pero la cosa no acaba ahí. La NASA defiende su tripulación totalmente masculina para la misión Artemis 3, argumentando que no hay nada que leer entre líneas. ¿En serio? La comunidad científica, comprensiblemente, no se lo cree. Y mientras tanto, científicos proponen rociar químicos en el campo magnético terrestre para protegernos de las tormentas solares. Una solución digna de una película de ciencia ficción barata, pero con un coste que probablemente no aparecerá en la factura del ciudadano de a pie. Quantum Space, por su parte, se prepara para salir a bolsa, y la U.S. Space Force le ha otorgado un contrato Andromeda IDIQ. Todo un negocio, vaya. Rod Pyle y Tariq Malik, los anfitriones de 'This Week In Space', intentan desentrañar este laberinto de noticias espaciales cada viernes. ¿Lograrán mantenernos informados sin que nos dé un ataque de ansiedad existencial?
Un estrella, de esas que pesan tanto que nuestro sol parecería una mota de polvo, decidió desaparecer sin dejar rastro. No una simple implosión, no un agujero negro elegante, sino una evaporación cósmica. La cosa pasó a 1.300 millones de años luz, en una galaxia enana donde, evidentemente, no tienen problemas de gentrificación. Los astrónomos, que andan con la vista clavada en el cielo como quien busca las llaves en el sofá, detectaron la explosión, bautizada como SN 2023vbw, en 2023. Lo curioso es que, en lugar de un fogonazo y un silencio, la luz subió poco a poco durante 190 días, como un recibo de la luz en verano, y luego se apagó. Para que una estrella se desintegre así, tiene que ser de las gordas, de las que pesan entre 170 y 350 veces lo que pesa nuestro sol. Imaginen el sablazo. Al parecer, el núcleo de estas bestias se calienta tanto que empieza a lanzar rayos gamma, que luego chocan con las capas externas y se convierten en electrones y positrones, dejando al núcleo sin soporte. Si además la estrella es 'pobre' en metales pesados (sí, las estrellas también tienen su clase social), la cosa se va de las manos y explota en una serie de explosiones termonucleares que la hacen pedazos. El misterio es que, si estas estrellas se autodestruyen así, ¿dónde están los agujeros negros supermasivos que deberían dejar? Algunos creen que estas 'supernovas de inestabilidad por pares' podrían explicar la falta de agujeros negros en un cierto rango de masa. En resumen, una estrella se esfumó, dejando a los astrónomos rascándose la cabeza y a nosotros preguntándonos si el universo está gastando más de lo que ingresa.
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