Crítica:
La noticia es un simple anuncio de un video de YouTube disfrazado de dato histórico. Le falta profundidad sobre por qué Ellis decidió esconderse tras el nombre de su esposa.
La noticia es un simple anuncio de un video de YouTube disfrazado de dato histórico. Le falta profundidad sobre por qué Ellis decidió esconderse tras el nombre de su esposa.
Hay rutas que son un paseo por el campo y hay rutas que son un manual de instrucciones sobre cómo desaparecer cuando la cosa se pone fea. El sendero que arranca en la estación de Metro North Garrison no es solo un camino para quemar calorías; es un museo al aire libre de la decadencia y la traición. Primero, te topas con una entrada abandonada, un muro de ladrillos devorado por la hiedra y el grafiti que parece el escenario de una película de terror barata o el reflejo de cualquier obra pública dejada a medias en nuestro barrio. Luego, cruzas un puente peatonal sobre las vías para llegar a Arden Point. Desde allí, las vistas del río Hudson son espectaculares, aunque probablemente el paisaje sea lo único gratis y honesto de la jornada. Pero el plato fuerte llega en la tercera etapa. Caminar entre bosques de bambú mientras pisas el mismo suelo que Benedict Arnold utilizó para huir antes de que sus traiciones salieran a la luz es, cuanto menos, poético. Es la ruta perfecta para quien quiera sentirse un prófugo mientras lleva zapatillas de marca y un termo de café. Para rematar la experiencia, el camino te regala carteles y un panel informativo sobre la histórica Beverly Dock Road, porque nada dice 'naturaleza salvaje' como un tablero de madera explicando que hace siglos aquí también había gente intentando llegar a algún sitio sin que los pillaran. Un paseo pintoresco que mezcla el aire puro con el aroma rancio de la traición histórica, todo convenientemente señalizado para que el turista no se pierda buscando el camino de vuelta al tren.
Imaginen que estamos en 1871. No hay Netflix, no hay smartphones y la diversión consiste en mirar cómo se seca la pintura de la pared. En ese contexto de aburrimiento crónico, George Pemberton Clarke decidió que el mundo necesitaba desesperadamente una muñeca bebé que se arrastrara sola. Sí, exactamente lo que cualquier padre con instinto de supervivencia evitaría meter en su casa. No era un juguete, era un trauma prefabricado en yeso y latón. El diseño es una joya de la ingeniería del mal: extremidades de yeso pintado —hoy ya desconchadas, lo que le añade un toque de 'cadáver fresco'— conectadas a un mecanismo de relojería de latón. Mientras nosotros hoy peleamos con el precio de la luz o el ticket del supermercado, Clarke y su colega Robert J. Clay se peleaban por quién hacía el bicho más inquietante. Clay registró su patente el 14 de marzo de 1871, y Clarke, que probablemente pensó que a la primera versión le faltaba maldad, lanzó la suya el 29 de agosto del mismo año. El juguete se movía gracias a dos ruedas dentadas ocultas bajo el chasis, cubiertas por una tabla de madera que intentaba, sin éxito, disfrazar que el bebé era básicamente un motor con cara de niño. Es fascinante ver la evolución: pasamos de los cisnes de plata de James Cox y John Joseph Merlin en 1773, que eran la elegancia pura, a este engendro que parece escapado de un garaje abandonado. De hecho, la muñeca fue tan perturbadora que inspiró la película 'Miriam: The Wind-Up Killer Doll' en 1972, donde el juguete hace lo que cualquier dueño de perro desea: limpiar la casa de invitados molestos, aunque sea mediante asesinatos seriales. Un éxito rotundo de la era victoriana que hoy solo serviría para que un niño termine durmiendo con la luz encendida hasta los treinta.
Hay lugares que se niegan a jubilarse. El Templo Champa de Phu Loc, en An Nhon Bac, es exactamente eso: un superviviente testarudo que mira desde lo alto mientras el mundo abajo se vuelve plano y previsible. Imaginen una torre de ladrillo de unos 15 metros de altura que lleva aguantando el chaparrón desde el siglo XII. No es un rascacielos de cristal con aire acondicionado, sino una pieza de mampostería cuadrada que sobrevive a base de pura inercia histórica y pilastras verticales. Lo más curioso es que los eruditos franceses, con esa manía de ponerle nombres elegantes a todo lo que encontraban, lo bautizaron como Tour d'Or o 'Torre Dorada'. No es que estuviera recubierta de lingotes —ojalá el presupuesto público de hoy fuera tan eficiente—, sino que el sol, en ciertos ángulos, le da un brillo ámbar que engaña al ojo. Es el equivalente arquitectónico a ponerle un filtro de Instagram a una ruina medieval para que parezca lujosa. Mientras la mayoría de los restos del reino de Champa han sido devorados por el hormigón de las ciudades modernas, como quien se come un bocadillo en un descanso, Phu Loc se ha quedado sola en su cima. Tiene puertas falsas y motivos de punta de lanza que nos recuerdan que, hace ochocientos años, alguien decidió que ese monte era el sitio ideal para sentirse poderoso. Hoy, el templo ofrece vistas panorámicas de campos agrícolas y un silencio que incomoda, recordándonos que los imperios caen, pero los ladrillos bien puestos, si nadie los tira para hacer un parking, se quedan ahí para burlarse de nuestra prisa cotidiana.
Hay algo profundamente reconfortante en saber que, aunque creamos que somos la cima de la evolución con nuestro 5G y el delivery a domicilio, el ser humano sigue siendo el mismo animal asustadizo de siempre. Aaron Mahnke, en su libro 'Exhumed' (que nos cuesta unos 30 dólares, básicamente el precio de una cena mediocre), nos recuerda que la ignorancia no solo es atrevida, sino que a veces es letal y muy creativa. Tomemos como ejemplo a Mercy Brown. Estamos en Exeter, Rhode Island, en 1892. La tuberculosis estaba haciendo estragos, como si fuera una pandemia antes de las pandemias. La familia Brown vio caer a la matriarca Mary y a sus hijas Mary O. y Mercy L. Cuando el hijo, Edwin, empezó a toser sangre, el pueblo no pensó en bacterias —aunque la ciencia ya había descubierto el bacilo de la tuberculosis una década antes—, sino que decidieron que Mercy era una vampira que le estaba succionando la vida a su hermano. Desenterraron a la chica y, como el invierno de Rhode Island actúa como un congelador industrial, Mercy estaba sorprendentemente conservada. Vieron uñas largas y un poco de fluido en la piel y dijeron: '¡Ajá! ¡Vampiro!'. Procedieron a quemarle el corazón en un ritual que, spoiler alert, no salvó a Edwin, pero que sí sirvió de combustible creativo para que Bram Stoker escribiera 'Drácula' cinco años después. Mahnke conecta estos delirios con nuestra era. Nos dice que beber sangre de ahorcados para curar la epilepsia o comer momias pulverizadas para el dolor de estómago no es tan distinto a pagar un 'shot de salud' carísimo en Whole Foods. Cambiamos el polvo de muerto por el jengibre orgánico, pero la necesidad de sentir que tenemos el control sobre la muerte es la misma. Desde Da Vinci reciclando 'espíritus vitales' de cadáveres hasta el mito del tomate como 'manzana venenosa' (cuando el culpable era el plomo de los platos), la historia es un catálogo de errores costosos disfrazados de sabiduría.
En la era del TikTok y los filtros de Instagram que te quitan hasta las ojeras, resulta casi obsceno hablar de la paciencia. Me refiero a esa paciencia casi religiosa, o más bien masoquista, de Alexander Alexeieff y Claire Parker. Mientras nosotros nos desesperamos si el WiFi tarda tres segundos en cargar un reel, este matrimonio ruso-francés se pasó medio siglo —de 1933 a 1972— empujando miles de pines a mano, uno por uno, para crear sombras. Sí, básicamente hicieron el equivalente artístico a limpiar una playa con un cepillo de dientes, solo para lograr que la luz y la oscuridad bailaran en pantalla. El resultado es una trilogía de pesadillas elegantes que harían que Kafka, Gogol y Mussorgsky se sintieran cómodos en el mismo sofá. No hablamos de la animación plana y masticada de los dibujos convencionales, sino de un claroscuro que deja en ridículo a muchos renders modernos. Tomemos 'La nariz' (1963) de Gogol, con esa banda sonora de Hai-Minh que te pone los pelos de punta, o 'Ante la ley' de Kafka, donde la voz de Orson Welles le da un peso que parece que te estuviera cobrando el alquiler del alma. Pero el verdadero sablazo al ego de Disney llega con 'Una noche en el Monte Calvo'. Siete años antes de que Fantasía (1940) se llevara los aplausos, Alexeieff y Parker ya habían capturado el horror puro con su pantalla de pines. Es una artesanía tan bruta y lenta que asusta. Para cuando terminaron 'Cuadros de una exposición' en 1972, con ese gnomo translúcido naciendo de un huevo, habían dejado claro que el arte no es cuestión de software, sino de cuántas horas eres capaz de dedicarle a un solo fotograma sin volverte loco.
Roma es la definición perfecta de ese amigo que lo pierde todo en una mala racha y luego vuelve a aparecer en Instagram presumiendo de éxito. City 3D Time-lapse ha condensado la historia de la Ciudad Eterna en tres minutos, un tiempo que hoy en día no te da ni para elegir el menú del día en un restaurante turístico. Es fascinante y aterrador a la vez. El vídeo arranca con la leyenda de 753 a.C., cuando Rómulo decidió que la mejor forma de fundar una ciudad era eliminando a su hermano Remo. Un inicio familiar para cualquiera que haya intentado montar un negocio con primos. Luego vienen la República y el Imperio, esa etapa de gloria donde Roma se creía el centro del universo hasta que, al llegar el siglo VI d.C., la cosa empezó a torcerse. Los edificios desaparecen a un ritmo alarmante; es como si la ciudad hubiera decidido hacer una limpieza general de armario, pero sin guardar nada. Quinientos años de decadencia se esfuman en cinco segundos de vídeo. Un sablazo histórico que deja a los académicos peleándose por la fecha exacta de la caída mientras nosotros vemos cómo la ciudad se queda prácticamente para muerta. Pero Roma tiene más resistencia que una sartén de teflón. Tras la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco, la ciudad vuelve a expandirse. Para que nos hagamos una idea del ritmo, el arqueólogo Giovanni Piranesi dibujó sus famosas ruinas justo en el minuto 1:55 del clip. De ahí saltamos a la era industrial y a la globalización actual, donde el Coliseo sigue ahí, aunque ahora el paisaje no son túnicas, sino una marea de pantalones cortos de carga y turistas perdidos. En lo que dura una canción de Eurovisión, vemos que Roma no se construyó en un día, pero que sabe cómo reinventarse incluso cuando el presupuesto parecía haber llegado a cero.
La historia nos quiere vender que la música electrónica nació en un club oscuro de Berlín, pero la realidad es que empezó como un capricho de ingenieros y una fiebre comercial digna de una burbuja inmobiliaria. Todo empezó con Wendy Carlos y su 'Switched-On Bach' en 1968. Carlos no solo tocó Bach; básicamente le dio la llave del reino a la industria musical, que reaccionó como un niño en una tienda de caramelos. De repente, el mercado se inundó de versiones 'Switched-On' de todo lo imaginable: desde Rock hasta Santa Claus, transformando la vanguardia en un producto de catálogo para llenar salones con equipos de hi-fi recién comprados. El culpable fue Robert Moog y su sintetizador modular. Imaginen una centralita telefónica de los años 50, llena de cables y 'cajitas' que hacían una sola cosa, pero que permitían que un teclado de piano controlara el voltaje. Era el Ferrari de la época: caro, complejo y, hasta entonces, reservado para universidades o laboratorios corporativos donde se hacían experimentos que sonaban a cafetera rota. Mientras Moog dominaba la costa este, Don Buchla hacía lo suyo en la costa oeste, peleando por decidir cómo debía sonar el futuro. Luego llegaron los 'estafadores' del espacio, tipos como Les Baxter, Dick Hyman o Juan Garcia Esquivel, que montaron el 'space age pop'. Dick Hyman, por ejemplo, logró colar 'The Minotaur' en el puesto #38 del Hot 100 hace 57 años, una pieza de psicodelia de ocho minutos y medio que hoy suena a viaje astral sin retorno. Y no olvidemos a Gershon Kingsley, cuyo tema 'Popcorn' se convirtió en un hit mundial en 1972 gracias a Hot Butter. Fue el momento exacto en que el ruido electrónico dejó de ser un experimento científico para convertirse en el fondo musical de una fiesta de cóctel.
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