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Nathan Fielder ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: ponernos el espejo delante para que veamos que somos unos ingenuos. Su nuevo documental, 'You Can See Everything', no es solo un viaje alucinante de tres horas sobre Elizabeth Holmes antes de que le cerraran la puerta de la celda por 11 años; es una bofetada al periodismo tecnológico actual. Mientras Holmes vendía humo con Theranos, el mundo del periodismo tech se había convertido en un club de fans pagado con viajes gratis y cenas de lujo. El autor nos lleva de la mano por su propio 'pecado': un viaje cortesía de NordVPN a Vilna, Lituania. El trato era sencillo: vuelos, hoteles y Cepelinai (esa especie de patatas rellenas que te dejan comatoso) a cambio de 'aprender' sobre la dark web. Es el clásico 'caballo de Troya' de las relaciones públicas. Te invitan a su campus, te ponen tu nombre en una pantalla LED y, de repente, tu capacidad de criticar se vuelve tan difusa como el Wi-Fi de un hotel barato. El periodista admite que, aunque se creía un zorro en el gallinero, terminó preguntando por coches clásicos en lugar de cuestionar la precariedad laboral de los recolectores de uva de un empresario multimillonario. La tragedia es que el periodismo de acceso ha perdido los dientes. Hemos pasado de reporteros que removían piedras a 'influencers' carismáticos que cobran cinco o seis cifras por decir que un producto es 'increíble', siguiendo el guion de una agencia de PR. El caso de Theranos no fue un error aislado, sino el resultado de una industria que prefiere el acceso cómodo a la verdad incómoda. Al final, la diferencia entre Elizabeth Holmes y los unicornios de Silicon Valley que siguen en pie es simplemente que algunos tuvieron más suerte evitando que el castillo de naipes se desplomara antes de cobrar el cheque.
Vivimos en la era de la optimización compulsiva, donde creemos que para ser más productivos necesitamos meterle una pantalla a cada objeto que toquemos, incluso al ratón. Arctic Fox ha decidido que mover la mano hacia el monitor es un esfuerzo hercúleo y nos presenta el 'Super Mouse'. Un artefacto de 95 gramos que, básicamente, es un smartphone aplastado que sirve para mover el cursor. El concepto es sencillo: una pantalla de 3,1 pulgadas donde puedes ver la hora, el calendario de Google o cambiar la canción sin 'perder tiempo' mirando la pantalla principal. Prometen que es un centro de mando programmable, pero la realidad es que nos venden un gadget de 109 x 91 x 29 mm que, en pleno 2024, tiene el descaro de no ser inalámbrico. Sí, prepárate para el abrazo eterno de un cable USB-C mientras intentas 'optimizar' tu flujo de trabajo. Es como comprarse un Ferrari pero descubrir que solo funciona si lo tienes encadenado a la gasolinera. Para los que odian escribir, el bicho soporta dictado por voz en más de 90 idiomas y un teclado táctil donde deslizar el dedo, porque aparentemente el teclado mecánico que tienes a diez centímetros es demasiado vintage. Además, incluye gestos místicos: dibuja un círculo para deshacer o un triángulo para guardar, transformando tu escritorio en una clase de geometría básica. Todo este despliegue de ingeniería financiera y marketing se puede conseguir en Kickstarter por 199 dólares, aunque el precio final subirá a 249 dólares. Lo mejor de todo es que, si tienes la paciencia de un santo y el dinero sobra en la cuenta, podrías recibirlo en febrero de 2027. Tres años de espera para no tener que hacer clic en un icono. Una genialidad.
Hay rutas que son un paseo por el campo y hay rutas que son un manual de instrucciones sobre cómo desaparecer cuando la cosa se pone fea. El sendero que arranca en la estación de Metro North Garrison no es solo un camino para quemar calorías; es un museo al aire libre de la decadencia y la traición. Primero, te topas con una entrada abandonada, un muro de ladrillos devorado por la hiedra y el grafiti que parece el escenario de una película de terror barata o el reflejo de cualquier obra pública dejada a medias en nuestro barrio. Luego, cruzas un puente peatonal sobre las vías para llegar a Arden Point. Desde allí, las vistas del río Hudson son espectaculares, aunque probablemente el paisaje sea lo único gratis y honesto de la jornada. Pero el plato fuerte llega en la tercera etapa. Caminar entre bosques de bambú mientras pisas el mismo suelo que Benedict Arnold utilizó para huir antes de que sus traiciones salieran a la luz es, cuanto menos, poético. Es la ruta perfecta para quien quiera sentirse un prófugo mientras lleva zapatillas de marca y un termo de café. Para rematar la experiencia, el camino te regala carteles y un panel informativo sobre la histórica Beverly Dock Road, porque nada dice 'naturaleza salvaje' como un tablero de madera explicando que hace siglos aquí también había gente intentando llegar a algún sitio sin que los pillaran. Un paseo pintoresco que mezcla el aire puro con el aroma rancio de la traición histórica, todo convenientemente señalizado para que el turista no se pierda buscando el camino de vuelta al tren.
A veces, el ego político no cabe en la Tierra y necesita subir a la órbita baja para sentirse importante. Entre el 15 y el 19 de octubre, el satélite ruso Kosmos 2612 decidió jugar al 'pegamento' con el ICEYE-X36, una nave comercial estadounidense que, básicamente, es el ojo que no parpadea de Ucrania. No fue un encuentro casual ni un saludo cordial; fue un acercamiento no consensuado que, según Marco Langbroek, llegó a reducirse a unos pocos metros. Imagínense el despliegue: gastar combustible —que en el espacio es como gastar oro líquido— solo para respirarle en la nuca a un satélite privado. Para los que no hablen 'espacial', el ICEYE-X36 usa radar de apertura sintética (SAR), lo que significa que ve a través de las nubes y en plena noche, ideal para que el Ministerio de Defensa de Ucrania sepa dónde están las tropas rusas sin tener que esperar a que salga el sol. Rusia, que ya tiene el hábito de acosar hardware ajeno (como hizo el Kosmos 2543 con el USA 245 en enero de 2020, o el Kosmos 2558 con el USA 326 en agosto de 2022), ha decidido que ahora también quiere molestar a las empresas privadas. Victoria Samson, de la Secure World Foundation, lo traduce al lenguaje humano: los rusos están frustrados. En tierra, los drones ucranianos les están dando una lección de humildad, así que han subido al espacio para recordar que, en el tablero de los satélites, ellos siguen teniendo el mando. Es la versión orbital de 'en mi casa mando yo', una demostración de fuerza para compensar el estancamiento militar de los últimos seis meses. Mientras tanto, la Space Force se queda callada y nos enteramos de estas 'travesuras' por civiles que miran datos públicos. Una transparencia que da risa.
Hace diez años, Elon Musk se plantó en Guadalajara para vendernos el sueño de una ciudad autosuficiente en Marte. Spoiler: la realidad es que SpaceX ha pasado la última década jugando al 'ensayo y error' con el presupuesto de un país pequeño. El Starship acaba de cumplir diez años y, aunque el Vuelo 14 del 28 de septiembre finalmente alcanzó la órbita, el camino ha sido un festival de fuegos artificiales no planificados. Pasamos del Interplanetary Transport System de fibra de carbono de 2016 a un cilindro de acero inoxidable que empezó a dar saltitos en Texas en 2019. Hubo explosiones, aterrizajes fallidos y un SN15 que finalmente dio en el clavo en mayo de 2021, justo cuando la NASA decidió que este 'juguete' sería el lander de la misión Artemis. Desde entonces, la cronología parece una montaña rusa: el primer vuelo completo en abril de 2023 terminó en desastre en minutos; luego vinieron tres intentos más que se desintegraron al reingresar. Pero aquí está la trampa: mientras Musk nos habla de ser multiplanetarios, el Starship se ha convertido en el camión de reparto de lujo para Starlink. El Vuelo 14 no iba a Marte, sino a colocar los primeros satélites de la constelación V3, que aspira a llenar el cielo con 100.000 cacharros. Es pura ingeniería financiera: usar el sueño marciano para abaratar el despliegue de internet satelital y calmar a los inversores tras la salida a bolsa de junio y la compra de xAI en febrero. ¿Y Marte? Olvídalo para 2026. Sin haber dominado la transferencia de combustible criogénico en órbita —básicamente, montar una gasolinera espacial que no se congele ni flote al azar—, la ventana de lanzamiento de octubre se ha cerrado. La próxima cita real es finales de 2028, coincidiendo con Artemis IV. Musk nos prometió el cielo, pero de momento solo nos ha dado una factura muy alta y muchos satélites.
Hay quien a los 77 años se pelea con el mando a distancia de la tele o discute por el precio del pan en la panadería del barrio. John Glenn, en cambio, decidió que el sofá era demasiado pequeño y que el patio de recreo ideal era la órbita terrestre. No fue un capricho de jubilado aburrido; fue una jugada maestra de marketing científico. Glenn, el hombre que ya había plantado bandera el 20 de febrero de 1962 a bordo del Friendship 7, regresó al espacio el 29 de octubre de 1998. La lógica era sencilla: si los astronautas pierden músculo y hueso en el vacío, y los abuelos pierden lo mismo en la Tierra, ¿por qué no mandar a un abuelo al vacío? Una genialidad. Mientras la mayoría de nosotros gestionamos el colesterol, Glenn convenció a la NASA para que lo trataran como a un novato, superando los mismos tests que chavales que probablemente aún no sabían afeitarse. Así, tras 36 años de ausencia y cuatro mandatos de seis años en el Senado por Ohio —donde aprendió que la política es casi tan caótica como un lanzamiento fallido—, Glenn volvió a subirse al transbordador Discovery. Nueve días de misión como especialista de carga, rompiendo el récord de persona más vieja en el espacio y demostrando que la vejez es, básicamente, una sugerencia. Redefinió la capacidad de los mayores mientras el resto del mundo seguía pensando que los 77 eran para jugar al bingo. Un despliegue de ego y ciencia que dejó claro que, para algunos, el cielo no es el límite, sino el segundo hogar.
Cambiar el tabaco por el vapeador se vendió como el truco maestro para salvar los pulmones, una especie de 'dieta detox' respiratoria. Pero resulta que el camino hacia la salud era, en realidad, un atajo hacia el oncólogo. Un estudio de la Universidad Nacional de Seúl, publicado en Nature Medicine, acaba de soltar el balde de agua fría sobre 100 millones de usuarios globales que creían estar jugando a lo seguro. La ingeniería del estudio no tiene fisuras: analizaron datos anónimos de 4.5 millones de adultos coreanos, separando el grano de la paja entre fumadores activos, exfumadores recientes y veteranos del abandono. El resultado es un sablazo a la esperanza. Quienes decidieron 'sustituir' el cigarro por el vapeo diario durante el cribado de 2018 de la Encuesta Nacional de Salud de Corea dispararon su riesgo de cáncer de pulmón en un 56% comparado con quienes cortaron por lo sano y dejaron todo. Pero el dato que realmente dinamita la tranquilidad es la mortalidad. La tasa de muerte específica por cáncer de pulmón en los usuarios de vapeadores se dispara un 91%, casi duplicando las probabilidades de pasar a mejor. Es como intentar ahorrar en la factura de la luz apagando la nevera para terminar quemando la casa entera. Claro, los científicos se cubren las espaldas con el lenguaje corporativo habitual: dicen que es un estudio observacional y que la evidencia sigue siendo 'limitada'. No pueden firmar la sentencia de muerte definitiva porque falta la causalidad absoluta, pero los números ya están gritando. Mientras tanto, los que empezaron a vapear sin haber tocado un cigarrillo en su vida quedan en el limbo, esperando su turno para entrar en la estadística.
El universo tiene una forma muy particular de reciclar sus fracasos. Imaginen que una estrella decide jugar a ser un vampiro cósmico, succionando la energía de su vecina hasta que, inevitablemente, el estómago le explota. Normalmente, esto termina en un borrado total del mapa, pero en el caso de Pa 30, la estrella cometió el pecado de sobrevivir. Tenemos delante a una 'estrella zombie', un resto mal acabado que se niega a morir y que ahora es el centro de atención de la comunidad científica. Esta joya del caos, que parece un diente de león hecho de gas y escombros, no es un descubrimiento cualquiera. Es el único remanente de su tipo en la Vía Láctea. Lo más delirante es que mientras nosotros nos peleamos por el precio del alquiler, hace unos 850 años, astrónomos japoneses, chinos y árabes ya habían anotado el evento en sus diarios, mucho antes de que alguien tuviera la brillante idea de inventar el telescopio. Fue una explosión de Tipo Iax, una versión 'light' de la supernova Tipo Ia, donde la detonación no fue suficiente para fulminar la enana blanca. Gracias al telescopio Gemini North, Ilaria Caiazzo y su equipo del ISTA han descubierto que esta estructura es básicamente un collar de perlas espaciales. Pero no son perlas de fantasía: cada nudo de gas es tan descomunal que podrías meter el sistema solar entero —desde el Sol hasta Neptuno— diez veces dentro de uno solo y aún te sobraría sitio para aparcar. Lo más irónico es que la estrella zombie está clavada en el centro, sin haberse movido ni un milímetro. En términos terrestres, es como si alguien hiciera explotar una casa y el dueño se quedara sentado en el sofá, exactamente en el mismo sitio, sin despeinarse. Un despliegue de simetría que ha dejado a los científicos escribiendo en The Astrophysical Journal.
La naturaleza es, básicamente, un casino donde la casa siempre gana y el manual de instrucciones es el engaño. Mientras nosotros nos peleamos por quién ha dejado la luz encendida o quién se ha comido el último yogur, en el mundo salvaje el 'fake' es la moneda de cambio. Tenemos polillas que se disfrazan de avispas y mantis orquídea que juegan a ser flores para que los polinizadores caigan en la trampa. Pero ojo, que eso es 'marketing evolutivo', algo que viene de serie en el ADN, como el hambre o el sueño. Aquí es donde entra James O'Hanlon con su libro "Liars, Cheats and Copycats: Trickery and Deception in Nature" (Columbia University Press, 2026). El biólogo no se conforma con el camuflaje pasivo; él busca la 'mentira táctica'. Hablamos de manipular la creencia del otro en tiempo real. Es la diferencia entre llevar una camiseta que dice 'Soy un experto' (evolución) y fingir que sabes cocinar un solomillo cuando solo sabes hacer tostadas (mentira). Lo fascinante es el cortafuegos mental de la comunidad científica. Muchos colegas de O'Hanlon se resisten a decir que los animales mienten, probablemente porque admitirlo significaría que no somos los únicos capaces de montar un teatro para evitar que nos coman o para conseguir una cita. Es una cuestión de ego académico: si el gecko de Madagascar que se funde con la corteza es un mentiroso, entonces la honestidad humana es solo un mal hábito. Al final, la ciencia se debate entre llamar a esto 'estrategia de supervivencia' o admitir que el reino animal es un nido de embusteros mucho más sofisticado que cualquier hilo de Twitter.
Imaginen que estamos en 1871. No hay Netflix, no hay smartphones y la diversión consiste en mirar cómo se seca la pintura de la pared. En ese contexto de aburrimiento crónico, George Pemberton Clarke decidió que el mundo necesitaba desesperadamente una muñeca bebé que se arrastrara sola. Sí, exactamente lo que cualquier padre con instinto de supervivencia evitaría meter en su casa. No era un juguete, era un trauma prefabricado en yeso y latón. El diseño es una joya de la ingeniería del mal: extremidades de yeso pintado —hoy ya desconchadas, lo que le añade un toque de 'cadáver fresco'— conectadas a un mecanismo de relojería de latón. Mientras nosotros hoy peleamos con el precio de la luz o el ticket del supermercado, Clarke y su colega Robert J. Clay se peleaban por quién hacía el bicho más inquietante. Clay registró su patente el 14 de marzo de 1871, y Clarke, que probablemente pensó que a la primera versión le faltaba maldad, lanzó la suya el 29 de agosto del mismo año. El juguete se movía gracias a dos ruedas dentadas ocultas bajo el chasis, cubiertas por una tabla de madera que intentaba, sin éxito, disfrazar que el bebé era básicamente un motor con cara de niño. Es fascinante ver la evolución: pasamos de los cisnes de plata de James Cox y John Joseph Merlin en 1773, que eran la elegancia pura, a este engendro que parece escapado de un garaje abandonado. De hecho, la muñeca fue tan perturbadora que inspiró la película 'Miriam: The Wind-Up Killer Doll' en 1972, donde el juguete hace lo que cualquier dueño de perro desea: limpiar la casa de invitados molestos, aunque sea mediante asesinatos seriales. Un éxito rotundo de la era victoriana que hoy solo serviría para que un niño termine durmiendo con la luz encendida hasta los treinta.
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Rosa Muñoz