Crítica:
La noticia se apoya excesivamente en 'fuentes de la inteligencia militar' sin dar voz al CNI ni al Ministerio. Es un ejercicio de filtración estratégica más que un reportaje equilibrado.
La noticia se apoya excesivamente en 'fuentes de la inteligencia militar' sin dar voz al CNI ni al Ministerio. Es un ejercicio de filtración estratégica más que un reportaje equilibrado.
Óscar Puente ha presentado el nuevo mapa concesional del autobús y, sinceramente, es un ejercicio de equilibrismo donde el único que pierde el equilibrio es el bolsillo del pasajero. La joya de la corona es una paradoja digna de estudio: viajar de Madrid a Badajoz seguirá siendo más caro que irse hasta Lisboa. Sí, Portugal. Resulta que cruzar la frontera es más barato que moverse por casa, simplemente porque los trayectos internacionales juegan con la competencia, mientras que los nacionales son un club privado donde Alsa y Avanza se reparten el 75% del pastel. El Ministerio nos vende un diseño de 34 corredores y suelta más de 70 millones de euros en subvenciones para diez de ellos, pero es como ponerle un parche de marca a un pantalón deshilachado. Mientras la media nacional debería bajar a 0,06715 euros por kilómetro, hay rutas que se ríen de la aritmética. Si quieres ir de Madrid a Toledo o de Teruel a Barcelona, prepárate para un sablazo del 41,5% por encima de esa media. El trayecto Madrid-Toledo-Badajoz se queda un 30,2% más caro que el promedio. Comparado con el resto de Europa, España es el 'estropajo' del transporte: Alemania es un 19,9% más barata y Portugal, la gran bofetada de realidad, tiene tarifas un 81,5% inferiores a las nuestras. El movimiento #ViajaMásEnAutobús lo ha dejado claro: es una oportunidad perdida. Hemos añadido complejidad burocrática y gasto público, pero el precio del billete sigue pareciendo el de un viaje en jet privado. Para rematar el cuadro, la falta de transparencia en los contratos y el fantasma de los litigios judiciales, como el del corredor Bilbao-Castro Urdiales, prometen que este mapa será más un campo de batalla legal que una solución de movilidad.
En el mundo de la política, hay silencios que gritan y fotos que funcionan como granadas de fragmentación. Santos Cerdán, el antiguo número tres del PSOE, ha decidido jugar al ajedrez con su libro 'La caída'. Pero no es un libro de memorias, es un catálogo de 'recuerdos selectivos'. El plato fuerte: un par de fotografías con Gustavo Petro y otra con Mario Delgado Carrillo, del partido Morena. Lo curioso es que en el texto no se menciona ni una palabra sobre ellos. Es como si te dejaras una factura sin pagar sobre la mesa del comedor; no hace falta que digas 'me debes dinero', el papel habla solo. La escena nos remonta a enero de 2022. Mientras el ciudadano medio contaba los céntimos para llenar el carrito, en Ferraz se firmaba un 'acuerdo de fraternidad' con Colombia Humana. Pedro Sánchez posaba para la foto, pero quien puso la firma —la que realmente compromete el cheque— fue Cerdán. El objetivo era claro: Petro necesitaba gasolina económica para su campaña y Sánchez quería la silla de presidente de la Internacional Socialista, cargo que alcanzó en noviembre de ese año. Una transacción de manual: yo te ayudo con el presupuesto, tú me ayudas con el currículum internacional. Ahora, Ferraz está en modo pánico. El libro circula por WhatsApp (porque en el partido son muy solidarios y prefieren no gastar en la librería), y los cuadros sociales sospechan que Cerdán está enviando un mensaje cifrado sobre la ingeniería financiera del Grupo de Puebla y el Foro de São Paulo. No olvidemos que el fantasma de Víctor de Aldama sigue rondando, sugiriendo que el PSOE usó cupos de petróleo venezolano de PDVSA para alimentar la Internacional Socialista. Cerdán no ha escrito una biografía; ha dejado caer un rastro de migas de pan que conducen directamente al cajón de los secretos sucios.
Hay quien dice que la familia es lo primero, pero en los pasillos del Ministerio de Hacienda parece que la familia es, sobre todo, un negocio redondo. Resulta que en 2021, mientras el ciudadano de a pie peleaba con la declaración de la renta, un representante de Hacienda intentó colar un 'peaje' en la venta del edificio de la calle María de Molina, 50. No era un trámite burocrático más, sino una solicitud directa: un 3% de comisión para un supuesto «primo» de María Jesús Montero. Traducido al lenguaje de la calle, no hablaban de una propina, sino de un sablazo de 4,7 millones de euros sobre una operación valorada en 155 millones. Una cifra que haría palidecer a cualquier currante que ve cómo su nómina se evapora en la primera semana del mes. La jugada fue tan descarada que hasta los intermediarios, acostumbrados al juego de las comisiones, se quedaron a cuadros. El testigo relata que el representante fue inflexible: ese 3% tenía que pasar por el bolsillo del pariente carnal o testaferro, sumándose al 3% real de la gestión. Pagar un 6% de comisión por un inmueble que en aquel entonces se caía a pedazos era, sencillamente, un suicidio financiero. Los empresarios pasaron de largo, prefiriendo el camino limpio a alimentar el banquete de un 'primo' invisible. Al final, el Estado hizo su magia. Tras fracasar en subastas de 196 y 185 millones, bajaron el precio a 156 millones y flexibilizaron los pagos. El resultado fue un festín inmobiliario en septiembre de 2023, donde el Grupo Lar se llevó el gato al agua con una puja de 204.700.013 euros. Ahora, con el músculo de BlackRock, el Banco Santander y la socimi Inbest, el edificio se transforma en la Torre Castelló: 150 pisos de superlujo y 400 camas estudiantiles. Una inversión de 400 millones que demuestra que, en Madrid, el hormigón siempre es el mejor refugio, especialmente si sabes a qué 'primo' hay que saludar.
El muro de Trump es, básicamente, el gran monumento al optimismo ingenuo. Mientras la Casa Blanca se llena la boca presumiendo de que las entradas irregulares terrestres han caído un 90% en el último año fiscal, los cárteles han decidido que, si no pueden pasar por encima, pasarán por debajo. Es la eterna danza del gato y el ratón, pero con el ratón excavando infraestructuras que harían palidecer a cualquier ingeniero de obra pública. Desde 1990, las autoridades han detectado más de 230 túneles. No son simples agujeros de castor; hablamos de ingeniería financiera aplicada al contrabando. En Nogales, Arizona, la situación es tan surrealista que la ciudad se ha coronado como la 'capital de los túneles', concentrando más de 125 de estos pasadizos. Algunos usan el alcantarillado como si fuera una cinta transportadora de Amazon, enviando narcóticos en tubos hacia el norte mientras los agentes miran la superficie. Luego están los 'supertúneles'. En 2020, entre Tijuana y San Diego, apareció una joya de 1,2 kilómetros de longitud con raíles, electricidad de alta tensión y hasta ascensor. Un lujo que hace que el metro de cualquier ciudad europea parezca un camino de cabras. Mientras el capitán Tucker celebra que en la bahía de San Diego los intentos de entrada bajaron de 7.500 a 1.000 mensuales gracias a la operación Border Trident, el subsuelo sigue siendo el territorio libre de impuestos y vigilancia. La paradoja es deliciosa: el Gobierno gasta millones en blindar 3.140 kilómetros de superficie, pero la DEA, el FBI y el Departamento de Seguridad Nacional admiten que suelen llegar cuando la obra ya está terminada. Es como intentar tapar una gotera con un paraguas mientras el vecino te está cavando un sótano debajo del salón.
Hay que tener valor para ir a una finca de maíz en San Martín de la Vega y posar junto a un dron como quien presume de un coche nuevo en Navidad, mientras el motor de ese juguete está medio muerto por culpa de la burocracia. Pedro Sánchez y Luis Planas se hicieron la foto el lunes para lanzar el Plan Estatal de Fertilizantes, vendiendo una modernización que, en la práctica, tiene las ruedas pinchadas. La escena es casi surrealista: el Gobierno presume de 'agricultura de precisión' mientras mantiene la prohibición de usar esos aparatos para fumigar. Para el ciudadano de a pie, esto es como si te vendieran un smartphone de última generación pero te prohibieran usar WhatsApp. El dron puede echar fertilizantes y bioestimulantes, pero en cuanto hablamos de fitosanitarios —esos herbicidas o fungicidas que mantienen la cosecha viva—, el Estado lo trata como si fuera una avioneta de los años 50. Es la clásica ingeniería administrativa: te dejan usar la tecnología para lo que no es crítico, pero te cierran el grifo donde realmente ahorrarías producto y evitarías que el veneno vuele hacia el vecino. Desde 2024, la Unión de Agricultores lleva avisando de que esto es un chiste. En Lérida, por ejemplo, hay campos convertidos en pantanos donde un dron entraría como un pincel, pero el agricultor tiene que mirar el barro desde la valla porque la normativa dice que no. Entre que la comunidad autónoma inspeccione el aparato y el Gobierno autorice el producto, pasa más tiempo que en una cola de Seguridad Social. Han soltado miles de millones de euros en modernización, pero se olvidan de que el software de la ley no se ha actualizado desde el siglo pasado. Mucho despliegue digital, pero la realidad sigue oliendo a papel sellado y despacho cerrado.
Hay niveles de mala educación, y luego está el 'estándar premium' de Celeste Amarilla. La senadora paraguaya, que parece confundir la cámara de Diputados con un patio de colegio en hora de recreo, decidió que la mejor forma de procesar la eliminación de la Albirroja frente a Francia este sábado en Filadelfia era lanzando un arsenal de prejuicios cavernícolas contra Kylian Mbappé. Mientras el capitán galo hablaba de 'ensuciarse las manos' en una rueda de prensa para M6, refiriéndose al juego sucio y al barro del campo, Amarilla decidió ensuciar la conversación con un racismo que huele a siglo XIX. No se quedó en el típico enfado deportivo. Para ella, Mbappé es un 'camerunés colonizado' y un 'rico nuevo'. Pero el verdadero desplome ético llegó cuando, justificando la rabia por el saludo denegado al portero Orlando Gill, soltó que el jugador 'en vez de leche materna chupaba cocos' y que lo más instruido que escuchó fueron 'chimpancés'. Es fascinante que alguien que cobra un sueldo público para legislar use su tiempo para redactar fantasías sobre la infancia de un atleta en Twitter. Esto no es un desliz; es el currículum de una profesional del odio. Ya lo hizo en 2021 con la reina Letizia, a quien llamó 'periodista devenida en reina' mientras le pedía ropa de armario en lugar de vacunas gratis. Amarilla opera bajo la lógica de que el cargo público es un pase libre para el insulto. En su mundo, mostrar el dedo en el Senado es un derecho adquirido, mientras que el éxito ajeno es un pecado que se castiga con el racismo más rancio. Un espectáculo triste donde la política se viste de chándal y el odio se disfraza de patriotismo.
El Gobierno ha decidido jugar al bingo con la seguridad nacional. Mientras nosotros peleamos con la aplicación de la Seguridad Social para conseguir una cita médica que no sea para el año 2030, en el Ministerio del Interior se han montado una tómbola de regularizaciones donde el premio es el permiso de residencia y el requisito, aparentemente, es tener la suerte de que nadie mire el DNI. El subinspector Alfredo Perdiguero, soltando los trastos en 'La Noche de Cuesta', ha sacado a la luz un informe de la Comisaría General de Extranjería y Fronteras del 2 de febrero de 2026. El papel, dirigido a Germán Blasca, hablaba de 1.250.000 beneficiarios. Un sablazo numérico comparado con el 'medio millón' que nos vendieron al principio. La aritmética es sencilla: si el Ejecutivo decía que había 850.000 irregulares, pero ahora hay más de un millón, significa que 400.000 personas han entrado en el radar recientemente, saltándose la fecha límite del 31 de diciembre de 2025 como quien se salta una cola en la carnicería. Lo más surrealista es la 'creatividad' administrativa. El Centro Nacional de Inmigración y Fronteras registra un boom de pasaportes perdidos que parece una epidemia: Pakistán sube un 356%, Argelia un 114%, Marruecos un 35% y Colombia un 35%. Básicamente, perder el pasaporte se ha convertido en el 'ticket dorado' para acreditar una estancia ficticia. Pedro Sánchez defiende el proceso como un acto de derechos humanos, pero las cuentas no cuadran. El plan prevé 500 millones de euros para integración, sabiendo que el 40% de estos nuevos residentes vivirá bajo el umbral de la pobreza hasta 2030. Es la gestión perfecta: gastar una fortuna pública en un proceso sin filtros para, probablemente, comprar un capital electoral futuro mientras le dejan el marrón de la sanidad colapsada a las autonomías.
Comentarios