Crítica:
La noticia es un ejercicio de enumeración de escritos judiciales. Le falta profundizar en el nexo político directo, aunque el contraste económico es lo suficientemente escandaloso.
La noticia es un ejercicio de enumeración de escritos judiciales. Le falta profundizar en el nexo político directo, aunque el contraste económico es lo suficientemente escandaloso.
Vender la 'Escola Catalana' como el Ferrari de la educación mientras el motor hace ruidos extraños es un arte que el Govern domina a la perfección. Pero el truco ha salido mal. Resulta que Cataluña ha quedado fuera de las Pruebas PISA, no por un problema de conexión wifi, sino por un 'descuido' de dimensiones épicas. La Generalitat decidió que un 23% de los 2.500 alumnos seleccionados no participaría por motivos 'conductuales o lingüísticos'. Para que nos entendamos: es como si en una maratón decides que uno de cada cinco corredores no cuenta porque no le gusta el color de la pista. El problema es que la OCDE pone el límite en el 5%. Si pasas de ahí, tu muestra es un chiste y tus resultados no sirven ni para envolver pescado. Lo más fascinante es la ingeniería financiera del asunto. La Generalitat soltó 1,5 millones de euros a la OCDE para que evaluaran el sistema. Básicamente, pagaron un ticket de lujo para que les dijeran que no podían entrar al restaurante. La consellera Esther Niubó sabía de este agujero desde marzo, pero prefirió guardar el secreto hasta la semana pasada, esperando que el verano borrara la memoria colectiva. Ahora, mientras los profesores denuncian que el 'modelo inclusivo' tiene menos recursos que una hucha de colegio, la consellera se escuda en que los 'protocolos no eran claros'. Un argumento tan sólido como un castillo de naipes en medio de un vendaval. Entre el PP, Junts y Vox, el consenso es total: el 'trilerismo' educativo ha dejado al descubierto que, cuando los datos no ayudan, lo más cómodo es hacer desaparecer a los alumnos.
El Gobierno ha aplicado la técnica del 'maquillaje exprés': vender un producto brillante en el escaparate mientras el almacén está vacío. Hace exactamente un año, tras el trauma de un verano que dejó 355.000 hectáreas calcinadas y 63 grandes incendios, Pedro Sánchez salió a la palestra con el Real Decreto 716/2025. Lo vendieron como la panacea, el manual definitivo para que las comunidades autónomas dejaran de pelearse y empezaran a coordinarse. Una jugada política maestra para callar críticas y cerrar el ciclo de la crisis forestal más devastadora en tres décadas. Pero aquí llega el truco de magia. El decreto es, en realidad, una cáscara vacía. Para que funcione, hacía falta una orden ministerial —el verdadero 'manual de instrucciones'— que el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) debía redactar según la disposición final segunda. Doce meses después, y con el país volviendo a oler a humo, esa orden sigue guardada en un cajón, probablemente junto a las promesas electorales no cumplidas. Es como comprarse un seguro contra incendios carísimo y descubrir, mientras las llamas lamen la puerta, que la póliza no se ha firmado porque el agente se olvidó de traer el bolígrafo. Mientras el MITECO ignora la Ley de Montes y el Comité de Lucha contra Incendios Forestales espera sentada, la Fiscalía de Medio Ambiente sigue husmeando en las deficiencias preventivas. El contraste es obsceno: por un lado, el relato oficial de un sistema estable y coordinado; por otro, la realidad de una burocracia que prefiere el silencio administrativo al fuego real. Al final, la prevención en España es como intentar apagar un incendio con un vaso de agua: mucho esfuerzo visual, pero el resultado es el mismo.
Viajar por España hoy es como jugar a un videojuego de carreras en modo 'extremo': esquivas baches, rezas para que el carril derecho no sea una trampa de arenas movedizas y esperas que tu amortiguador no pida la jubilación anticipada. La narrativa oficial intenta culpar a los camiones, pero la realidad es que estamos conduciendo sobre un queso gruyère. Mientras el ministerio de Óscar Puente se dedica a poner tiritas presupuestarias en heridas que requieren cirugía mayor, el asfalto se rinde. No es que los camioneros tengan un don especial para excavar; es que el mantenimiento se quedó congelado en el tiempo, exactamente en 2008, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa en la gestión pública. Desde entonces, hemos ignorado que los cimientos de nuestras autopistas necesitan un mimo cada 10 años. El resultado es un déficit estructural de 13.000 millones de euros, un agujero contable que crece a ritmo de 1.000 millones anuales. Para que nos entendamos: es como dejar de pagar la comunidad de tu edificio durante quince años y sorprenderte cuando el techo te cae encima mientras desayunas. Con una flota de más de 620.000 camiones pesados, algunos superando las 40 toneladas, la física no perdona. Según la ley de la cuarta potencia, un solo camión de 5 ejes destroza el asfalto como si pasaran 10.000 turismos. Así, rutas vitales como la A-6, la A-3 o la A-67 han pasado de ser arterias logísticas a parecer caminos de cabras, obligando a los conductores a migrar al carril izquierdo para no hundirse. La Asociación Española de la Carretera lo tiene claro: no es el peso del transporte, es la ligereza con la que el Estado gestiona el mantenimiento.
Hablemos de números, que es donde se esconde la verdad. El Gobierno de Aragón ha decidido que 17 euros a la semana por niño es un gasto superfluo. Para Alejandro Nolasco, vicepresidente aragonés, el ahorro anual es de 180.000 euros. Digamos las cosas como son: en el presupuesto de una administración, esa cifra es el equivalente a que se pierda un bolígrafo en un rascacielos; una miseria contable que no mueve la aguja de ninguna cuenta pública, pero que políticamente sirve para marcar el territorio. La jugada viene impulsada por la Consejería de Desregulación, Bienestar Social y Familia, donde Vox mueve los hilos. La lógica es simple: si el niño no nació aquí, no necesita esos euros para su 'autonomía'. Es el arte de la gestión basada en el descarte. Sira Rego, al mando del Ministerio de Juventud e Infancia, no se ha quedado en la superficie y ha lanzado la denuncia ante la Fiscalía de Menores. La ministra ha usado adjetivos pesados —'repugnante' y 'racista'—, argumentando que se están creando ciudadanos de segunda clase. Mientras el Ministerio invoca el artículo 14 y el 39 de la Constitución para defender que un menor tutelado debe integrarse y no ser marginado, el Ejecutivo aragonés parece creer que la austeridad se aplica mejor en el bolsillo de quien menos tiene. Al final, la pelea no es por los 180.000 euros, que no pagan ni un despacho nuevo en Zaragoza, sino por quién tiene la razón moral en el tablero electoral. La Fiscalía ahora deberá decidir si quitarle la paga a un niño es un ajuste presupuestario o un delito de odio disfrazado de eficiencia administrativa.
En el Congreso, las reglas del juego se cambian mientras la pelota sigue rodando. El BOE acaba de oficializar una reforma del Reglamento de la Cámara que es, básicamente, bajar la valla para que cualquiera pueda saltar al jardín de los privilegios. Hasta ahora, para montar un grupo parlamentario no bastaba con tener cinco diputados; necesitabas el 5 % de los votos en España o el 15 % en tus plazas. Una barrera razonable, como la que te pone el banco para darte una hipoteca. Pero claro, para ERC, Junts, Podemos, Compromís y el BNG, eso era un muro insalvable. ¿La solución? Una ingeniería normativa impulsada por el PSOE y Sumar que reduce el listón al 3 % nacional y al 10 % provincial. Es el equivalente político a bajar los requisitos de entrada en un club exclusivo porque tus amigos no pasan el filtro. Así, los partidos separatistas ya no tendrán que recurrir al 'préstamo de diputados' —esa especie de crédito rápido y sin intereses que el PSOE y Sumar les concedieron al inicio de la legislatura— para no quedar en la irrelevancia administrativa. No es solo una cuestión de ego o de tener un micrófono propio en los debates. Aquí entra el dinero, el combustible de toda maquinaria. Formar grupo significa acceder a subvenciones directas y ayudas para propaganda electoral. Es pasar de pedir propinas a tener una cuenta corriente corporativa pagada con el dinero de todos. Mientras el PP, Vox y UPN gritaban en el Pleno que esto era un traje hecho a medida para los independentistas, sus propuestas para que las ayudas fueran proporcionales al número de escaños terminaron en la papelera. Al final, la aritmética del poder ha decidido que ser pequeño no debe doler en el bolsillo.
En la televisión pública, el rigor periodístico a veces tiene la consistencia de un flan. El Consejo de Informativos de RTVE acaba de soltar un informe, fechado el 24 de julio, que es básicamente un acta de defunción a la deontología de ciertos programas. El asunto es sencillo: el 19 de mayo, mientras el país intentaba entender la investigación judicial sobre José Luis Rodríguez Zapatero, Silvia Intxaurrondo y Javier Ruiz decidieron jugar al teléfono escacharrado con la verdad. Vendieron a pie pagoda que todo el lío empezaba por una querella de Manos Limpias a finales de 2025. Un detalle curioso, considerando que el propio auto judicial y el servicio Verifica RTVE aclararon que el origen era una solicitud de Francia y Suiza. Es decir, se tragaron la versión del Gobierno sin pestañear y la sirvieron en bandeja, sin citar la fuente, como si fuera una verdad absoluta. En Mañaneros 360, Javier Ruiz insistió en esta hipótesis falsa con la energía de quien cree que el cheque ya está cobrado. Mientras tanto, en La hora de La 1, Intxaurrondo ignoró olímpicamente a Mateo Balín, el periodista de tribunales que, en pleno directo, intentaba explicar que la querella de diciembre de 2025 era posterior al inicio de la causa. Es como si el experto te dijera que el coche no arranca porque no tiene motor y tú insistieras en que es porque el color no te gusta. Lo más surrealista llega con las respuestas. Intxaurrondo, en un despliegue de humildad inversamente proporcional a su ego, sugirió que el Consejo debería rectificar y añadió que, si leyeran «con algo de atención», entenderían que era lo mismo. Una genialidad. Por su parte, Esther González Marín, la directora de Magacines, salió al rescate de Ruiz usando la excusa universal del 'estábamos en directo', como quien pide perdón por un plato quemado diciendo que el fuego estaba muy fuerte.
España ha convertido la prevención de incendios en un ejercicio de abstinencia financiera digno de un monje tibetano. Mientras el verano nos regala el paisaje habitual de humo y ceniza, la administración ha decidido que gastar el dinero es demasiado arriesgado. Según el observatorio de la AIReF, con datos al 30 de junio, siete de cada diez euros destinados a gestión forestal siguen durmiendo la siesta en la cuenta bancaria. De un presupuesto de 401 millones, solo se han movilizado 105 millones. Un 26 %. Para que nos entendamos: es como si te dan un presupuesto para reformar la casa y decides gastarte solo el dinero de la pintura, dejando el techo cayéndose a trozos. La joya de la corona es el contrato para modernizar 11 aeronaves por 22,83 millones de euros. Un éxito administrativo tan brillante que el Ministerio de Transición Ecológica tuvo que renunciar al contrato porque la empresa adjudicataria no tenía los permisos técnicos. Básicamente, contrataron a alguien para arreglar el avión que no sabía dónde estaba la pista de aterrizaje. A esto sumamos la compra de 40 camiones autobomba por 12 millones, hangares en Albacete y algunos cables en Castilla-La Mancha. El reloj no se detiene. El programa Next Generation expira el 31 de agosto. A fecha de junio, España ha formalizado 64.882 millones de un total de 79.854 millones. Hay un 19 % de ayudas a fondo perdido que se están evaporando por pura inoperancia. Mientras Adif lidera el reparto con 7.201 millones, el IDAE con 4.868, Red.es con 3.594, la Comunidad de Madrid con 3.095 y el Ministerio para la Transformación Digital con 3.078, el bosque sigue esperando que alguien se digne a gastar el dinero antes de que Bruselas lo reclame.
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