Crítica:
El texto original es un laberinto procesal que intenta disfrazar de 'discrepancia jurídica' lo que cualquier vecino llamaría un chiringuito. Le sobra lenguaje técnico y le falta valentía para llamar al fraude por su nombre.
El texto original es un laberinto procesal que intenta disfrazar de 'discrepancia jurídica' lo que cualquier vecino llamaría un chiringuito. Le sobra lenguaje técnico y le falta valentía para llamar al fraude por su nombre.
Hay una elegancia casi coreográfica en la forma en que el poder se desplaza por la geografía española. El pasado 17 de septiembre de 2026, Pedro Sánchez decidió que San Juan del Puerto, un pueblo de apenas 10.000 habitantes, era el escenario ideal para un despliegue que haría palidecer a una cumbre del G7. Para llegar a La Rábida, el presidente no se conformó con un solo juguete caro; utilizó el Falcon y, posteriormente, el Super Puma, porque moverse por tierra es demasiado mundano cuando se puede saltar sobre las nubes con fondos públicos. La jornada empezó a las 11:00 horas en Palos de la Frontera, inaugurando el Valle Andaluz del Hidrógeno Verde de Moeve con una planta de 300 megavatios. Un proyecto sostenible, irónicamente, precedido por una huella de carbono que se puede ver desde el espacio. Pero lo verdaderamente fascinante es la 'agenda invisible'. Mientras Moncloa solo anotaba el acto de Moeve y la visita a las zonas quemadas de Niebla a las 14:50 horas, el presidente se dedicaba a jugar al turista VIP. A las 12:20 horas, San Juan del Puerto vio pasar una comitiva de diez vehículos. Diez. Para un pueblo donde aparcar un coche ya es un deporte de riesgo, ver una decena de blindados escoltando al jefe del Ejecutivo es como intentar meter un portaaviones en una piscina municipal. Después, la ruta siguió hacia Bonares, con una parada técnica a las 13:30 horas en el Ayuntamiento y un almuerzo en el bar Adelin, porque nada grita más 'cercanía con el pueblo' que comer en un bar rodeado de una muralla de seguridad impenetrable. El despliegue terminó en Niebla, donde el contraste entre las cenizas del incendio y el brillo del Super Puma cerró una jornada de marketing territorial impecable.
Hay una ironía exquisita, casi coreografiada, en la gestión energética de este Gobierno. Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, Pedro Sánchez ha decidido jugar a ser el 'gestor de suministros' de Rabat. Los datos de Enagás no mienten, aunque a veces duelan: en pleno agosto, mientras Marruecos mantiene su presión sobre Ceuta, España le ha enviado 790 GWh/mes de gas natural a través del tubo de Tarifa. Es, básicamente, pagarle la calefacción y la luz al vecino que te está intentando echar de tu propia casa. Lo más fascinante de esta ingeniería diplomática es el triángulo amoroso energético. España se ha puesto de acuerdo con Argelia para importar más gas vía Medgaz, el gasoducto que llega a Perdigal (Almería). Entre agosto de 2025 y agosto de 2026, las importaciones argelinas subieron de 9.123 GWh/mes a 9.897 GWh/mes. Un incremento de 774 GWh/mes que, en lugar de servir para evitar que la industria española sufra apagones o para estabilizar un sistema eléctrico que va más tembloroso que un flan, ha acabado directamente en el sistema eléctrico de Mohamed VI. Es un negocio redondo para Rabat: España hace el trabajo sucio de negociar con Argelia, absorbe el riesgo y luego le pasa el gas a Marruecos, que ahora depende de nosotros para el 15% o 20% de su consumo eléctrico. Mientras Ceuta carece de una infraestructura energética estable con la península, el flujo hacia el reino alauita corre como la espuma. Hemos convertido el gasoducto de Tarifa en un cordón umbilical que alimenta la actividad económica de quien nos desafía, todo mientras el recibo de la luz en España sigue disparado. Una generosidad que, vista desde la calle, parece más una capitulación que una estrategia de Estado.
En el manual de supervivencia del funcionario avanzado, hay un capítulo dorado que explica cómo gestionar una investigación judicial: tener a la pareja en el lugar donde se reparten las cartas. Miguel Ángel Pérez Triano, delegado del Gobierno en Ceuta, parece haber seguido el manual al pie de la letra. Mientras Madrid intentaba descifrar si el delegado se quedó dormido en los laureles —o ignoró deliberadamente los avisos del CNI— antes de la entrada masiva de inmigrantes, la maquinaria del control familiar se puso en marcha. La pieza clave del tablero es N.G.M., la esposa de Pérez Triano. No es una empleada cualquiera; es funcionaria de Justicia en la unidad de Registro y Reparto de los juzgados de Ceuta. Para quien no domine la jerga, ese puesto es el 'mostrador' por donde pasan todas las denuncias antes de aterrizar en la mesa de un juez. Es como tener la llave de la caja fuerte y saber exactamente quién entra y quién sale. Desde 2006, cuando figuraba en una bolsa de secretarios judiciales, hasta su ingreso como funcionaria de carrera en 2018, N.G.M. ha tejido una red que incluye haber sido asesora del Grupo Político Socialista en 2007 y suplente del PSOE al Senado en 2008 y a la Asamblea en 2015. La alarma saltó en Madrid cuando sospecharon que el delegado usaba estos 'contactos de almohada' para leer el futuro de sus diligencias por prevaricación omisiva. El asunto se volvió tan turbio que la investigación tuvo que mudarse a la Audiencia Nacional para evitar que el expediente sufriera un 'accidente' en el camino. Para rematar la faena, Manos Limpias y su presidente, Miguel Bernad, denuncian que su solicitud de personación del 2 de septiembre quedó en el limbo, ignorada por el juzgado. Un olvido muy curioso que huele a ingeniería administrativa.
Hay tardes que se resumen en un bostezo y otras que cuestan una fortuna. Este jueves, el Gobierno ha logrado la proeza de tirar a la basura 800 millones de euros de fondos europeos en lo que dura una sesión de control. Para que el ciudadano de a pie lo entienda: es como si, por no ponerse de acuerdo en el menú de la cena, el Ejecutivo dejara que el banco nos cancelara la hipoteca y nos quitara los ahorros de una vida. Todo por la incapacidad crónica de convalidar un real decreto ley sobre los lobbies que el ministro Óscar López intentó colar para maquillar un fracaso que arrastra desde febrero de 2025. El resultado en el Congreso fue un 1-1 que huele a derrota. Sí, salvaron los 309 millones para Ceuta con 304 votos a favor (con Vox en contra y Junts absteniéndose), pero el plato principal, el de la transparencia, acabó derribado con 179 votos en contra del PP, Vox, Junts y UPN. El Gobierno ahora reza para que la Comisión Europea sea generosa y el agujero contable se quede en esos 800 millones, aunque en los pasillos económicos ya se habla de un sablazo de hasta 1.500 millones. Lo más surrealista es el baile de Sumar, que casi provoca un cisma interno porque no querían que los sindicatos contaran como grupos de interés. Al final, pasaron por el aro, aunque Aina Vidal, Enrique Santiago y Gerardo Pisarello fueron los rebeldes del grupo. Es el séptimo revolcón parlamentario del año, sumando tres fracasos en vivienda. Mientras el PSOE intenta vender el patriotismo 'de quita y pon' del PP en Ceuta, la realidad es que el Ejecutivo navega a la deriva, esperando que los Presupuestos de 2027 sirvan de detonador para convocar elecciones en febrero o marzo y dejar de acumular plomo en las alas.
Hay quienes creen que una sentencia es como un ticket de supermercado: si no te gusta el precio, intentas devolver el producto. David Sánchez intentó aplicar esa lógica con la Audiencia de Badajoz, pidiendo que borraran los párrafos 'incómodos' de su condena por prevaricación. Quería limpiar el expediente de aquel 2016, cuando el puesto de coordinador de conservatorios se cocinó a fuego lento y con el menú ya decidido antes de que alguien llegara a la entrevista. Pero el tribunal, con una frialdad quirúrgica, le ha recordado que una cosa es que el delito haya prescrito y otra muy distinta es que los hechos se hayan evaporado mágicamente. La prescripción no es una goma de borrar para la historia. El 'sablazo' institucional es contundente. Nueve años de inhabilitación. No se trata solo de que ya no sea el jefe de la Oficina de Artes Escénicas —plaza que soltó en febrero de 2025, probablemente para evitar que le echaran con el ruido de los platillos—, sino que tiene el camino cerrado a cualquier puesto electivo o discrecional en la administración pública. Básicamente, el Estado le ha puesto un candado al currículum hasta que pase casi una década. Mientras tanto, su compañero de viaje, Miguel Ángel Gallardo, ex presidente de la Diputación de Badajoz, se lleva una condena doblemente pesada: 18 años de banquillo administrativo. La justicia incluso se ha tomado el tiempo de ajustar las cuentas de las costas procesales, repartiéndolas como quien divide la cuenta de una cena incómoda: dos duodécimas para Gallardo y una para el resto. Por si fuera poco, el intento de desacreditar al teniente coronel Antonio Balas y a la UCO ha chocado contra un muro. El tribunal ha dejado claro que ser testigo y perito a la vez no es una contradicción, sino una capacidad técnica que la defensa no ha sabido digerir.
España ha abierto el grifo de la nacionalidad y el resultado es un surrealismo digno de una comedia de enredos. La Ley de Memoria Democrática ha provocado que 2,4 millones de personas en todo el mundo se lancen a pedir el pasaporte rojo, como quien pide una pizza a domicilio pero sin saber dónde queda la pizzería. Argentina se lleva el premio gordo, concentrando el 40% de las peticiones; solo en el Consulado de Buenos Aires se amontonan 645.052 expedientes, una cifra que hace que cualquier cola de supermercado en Navidad parezca un paseo tranquilo por el parque. Lo verdaderamente fascinante no es el volumen, sino el vacío. Mientras que el que quiere la nacionalidad por residencia tiene que sudar tinta con un examen de la Constitución y cultura general, el 'nieto' entra por la puerta grande sin saber distinguir un mapa de una servilleta. Hemos llegado al punto en que hay aspirantes que confunden Navarra con el País Vasco con una naturalidad pasmosa: «Mi abuelo era navarro, somos puros vascos», sueltan sin pestañear. Es el equivalente a decir que tu abuelo era de Madrid y por eso eres un experto en el clima de Sevilla. Hay jóvenes cuyos ancestros vienen de Los Barrios de Luna, en León, o de Lugo, que jamás han pisado esas tierras. Han visitado Madrid o Barcelona como turistas, pero el pueblo del abuelo es una 'cuenta pendiente', una especie de leyenda urbana familiar. Mientras tanto, en la calle Guido del barrio Recoleta, las filas de 200 metros son el paisaje habitual. Todo esto ocurre mientras el Tribunal Supremo intenta poner un freno cautelar al voto de quienes no acrediten ser descendientes de exiliados, pero el papeleo sigue fluyendo. Al final, España está sumando millones de ciudadanos que conocen el país por el catálogo de una agencia de viajes, pero que ya tienen el poder de decidir el futuro político de quienes sí pagan el IBI.
En Palma, donde sobrevivir a la temporada de verano es casi un deporte extremo, el PSOE ha decidido que la solución al caos del transporte no es, precisamente, poner más autobuses, sino organizar una fila de castigo. Iago Negueruela, secretario general de la Agrupación Socialista de Palma y candidato a la alcaldía, propone que los turistas sean los últimos en subir a los buses de la EMT. Una especie de 'apartheid de transporte' basado en el plástico: si tienes la tarjeta TIB o la Única, pasas primero; si vienes a ver la catedral, espera tu turno mientras el residente que va al médico o al trabajo te mira con superioridad moral. Negueruela argumenta que este verano ha sido 'supermasificado' y que el alcalde ha mirado hacia otro lado, priorizando el flujo del visitante sobre el del currante que intenta llegar al aeropuerto sin sufrir un ataque de ansiedad. La lógica es tan simple como cruel: si un trabajador llega tarde, le cae un marrón en la oficina; si un turista llega tarde a pasear por Palma, pues llega tarde a no hacer nada. Para darle barniz de prestigio a la ocurrencia, han sacado la carta de Venecia, sugiriendo que si los italianos lo hacen para gestionar su propia agonía turística, nosotros también podemos. Es la clásica ingeniería política: en lugar de resolver el agujero de servicio con más flota y mejores frecuencias, se propone gestionar la cola. Es como intentar solucionar que el supermercado no tenga pan organizando quién tiene más hambre para que entre primero en la tienda vacía. Una medida de 'corto y medio recorrido' que, en el fondo, es un parche brillante para un sistema que ya no aguanta más peso.
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