La gestión de fronteras en Ceuta ha vuelto a convertir el sentido común en un artículo de lujo. Imaginen la escena: las 6:30 de la mañana, una hora en la que cualquier ciudadano decente está peleándose con la cafetera, y la Policía Nacional ya está jugando al Tetris humano con más de un centenar de agentes.
El objetivo era trasladar a los residentes de los asentamientos de las playas del Trampolín y Benítez hacia el campamento del Gobierno en el muelle de Poniente. Pero claro, coordinar una masa humana que no quiere seguir el guion es como intentar organizar una cola en un concierto gratis: el caos es la única certeza.
La tensión escaló hasta que las Unidades de Intervención Policial (UIP) decidieron que los gritos no bastaban y recurrieron a los disparos al aire con balas de fogueo.
Un ruido ensordecedor para frenar avalanchas que hacían que el operativo pareciera más una batalla campal que un traslado administrativo. Todo este despliegue, que sumó más de 240 agentes entre Policía Nacional y Guardia Civil —incluyendo el lujo de drones vigilando desde el cielo—, ocurrió en un contexto de surrealismo jurídico.
El miércoles, la Audiencia Nacional había paralizado el centro por petición del Sindicato Unificado de Policía (SUP), que advertía que poner un campamento junto a infraestructuras críticas era como dejar la llave de casa puesta en la cerradura. Sin embargo, el jueves la misma Audiencia reculó, dándole luz verde al proyecto del Gobierno de Pedro Sánchez y obligando a los agentes a ejecutar un plan que ya había sido tachado de peligroso por sus propios compañeros.
Crítica:
La noticia es un reporte de hechos bruto que ignora la contradicción logística de enviar policías a un sitio que su propio sindicato calificó de inseguro. El texto original es meramente descriptivo, omitiendo el análisis del absurdo judicial.
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