Crítica:
El texto original es una denuncia clara de la politización sindical, pero peca de ser demasiado descriptivo. Le falta profundizar en el impacto real que tiene esta 'traición' en la base trabajadora de la AEAT.
El texto original es una denuncia clara de la politización sindical, pero peca de ser demasiado descriptivo. Le falta profundizar en el impacto real que tiene esta 'traición' en la base trabajadora de la AEAT.
En el tablero del poder, hay quienes juegan al ajedrez y quienes juegan al 'traspapeleo creativo'. Resulta que votar por correo en las generales de 2023 fue casi tan sencillo como pedir una pizza: bastaba con enseñar el carné del móvil en la oficina de Correos. El detalle es que Juanma Serrano, el hombre de confianza de Pedro Sánchez, logró que la Junta Electoral Central aceptara la app miDGT sin el código QR. Para el ciudadano de a pie, el QR es ese molesto código que valida que no estás enseñando una captura de pantalla retocada con Photoshop; para la cúpula, era un trámite prescindible. Mientras nosotros peleamos con la banca online para que no nos cobren una comisión por respirar, el sistema permitió que durante ocho procesos electorales se votara con una identidad digital que podía ser tan falsa como una promesa electoral. Todo bajo la batuta de Serrano y Leire Díez, quienes presumieron en Facebook de trabajar 'mano a mano' en este equipazo, aunque luego Correos intentara hacer un ejercicio de amnesia corporativa diciendo que Díez no tenía nada que ver con el voto. Mentira blanca: los papeles dicen que ella coordinaba la red y consultaba a la JEC sobre medidas excepcionales. La trama se vuelve turbia cuando entramos en el terreno de la Audiencia Nacional. El juez Santiago Pedraz ha descubierto que Serrano y Díez no se hablaban solo para organizar sellos: se lanzaron 10.842 mensajes entre WhatsApp y Signal. Una cantidad de chateo que haría palidecer a cualquier adolescente, coordinando movimientos mientras la UCO investigaba una trama de 'mordidas' en contratos públicos por unos 132 millones de euros. Al final, entre el carné digital sin QR y los mensajes cifrados, lo que queda es la sensación de que la democracia se gestionó como una startup de barrio: con mucha confianza y muy poca seguridad.
Hay una técnica muy depurada en los pasillos del poder: si el Congreso te cierra la puerta en las narices, entra por la ventana mientras todos están distraídos preparando las maletas para las elecciones. Pedro Sánchez ha decidido que el 'no' recibido en julio es, en realidad, un 'quizás' que se soluciona con un Real Decreto cuando ya no hay diputados que molesten. La jugada es sencilla pero quirúrgica. Se trata de modificar el Real Decreto 1004/2010 para que ciertos impuestos no recuperables —leamos: el agujero del IVA— pasen a ser considerados 'costes del servicio público'. En cristiano: que el Estado pague la fiesta. Estamos hablando de una contingencia fiscal de 941 millones de euros. Para que el ciudadano medio lo entienda, es como si tú tuvieras una deuda millonaria con Hacienda por un error de interpretación de hace años y, de repente, el Ayuntamiento decidiera que esa deuda es ahora un 'gasto necesario para vivir' y te la compensara en la factura del agua. Una genialidad contable. José Pablo López, el presidente de RTVE, respira aliviado. Para él, los 940 millones de deuda por el IVA son una herencia tóxica de la era Montoro, un simple 'conflicto interpretativo'. No es que se hayan gastado el dinero en tostadoras de oro, es que no se ponen de acuerdo en cómo leer la ley. Lo verdaderamente fascinante es el timing. El Gobierno lanza este salvavidas financiero justo cuando las Cortes están disueltas y RTVE se prepara para cubrir la campaña electoral. No tocan el gobierno de la corporación, no cambian los jefes, pero le limpian el balance justo antes de que empiecen los anuncios y los debates. Dicen que buscan 'seguridad jurídica', pero lo que encuentran es una vía rápida para evitar que el auditor siga gritando que las cuentas están mal formuladas. El Tesoro Público estará ahí, esperando que haya excedentes, aunque saber dónde está el dinero en RTVE es, a veces, como buscar una aguja en un pajar de decretos.
Hay una ironía deliciosa, casi poética, en ver cómo quien llega al poder prometiendo el paraíso social termina gestionando el ayuntamiento como si fuera una inmobiliaria de lujo en plena Castellana. Joseba Asiron y su equipo en Pamplona han logrado el truco de magia definitivo: convertir la administración pública en el 'fondo buitre' más eficiente de la historia local. Mientras el discurso oficial se llena de palabras bonitas sobre la justicia social, la realidad se mide en desahucios y subastas que harían sonrojar a cualquier especulador de Wall Street. En lo que va de 2026, la Junta de Gobierno Local ha dado el visto bueno para echar a la calle a 14 personas. Catorce familias que descubren que la solidaridad municipal tiene fecha de caducidad. Pero el verdadero 'sablazo' llega con las parcelas de Arrosadía. El Ayuntamiento ha subastado terrenos con una repercusión de 150.000 euros por vivienda. Para que nos entendamos: es como si el municipio decidiera inflar la factura del suelo hasta niveles estratosféricos antes de que se ponga el primer ladrillo. Juan José Echeverría, portavoz de UPN, ha echado cuentas rápidas y el resultado es un golpe en la cartera: sumando licencias, honorarios y el coste de construcción, los pisos aterrizarán en el mercado a 500.000 euros. Un precio que convierte el acceso a la vivienda en un deporte de riesgo para cualquiera que no haya nacido en cuna de oro. Y para rematar la jugada, han diseñado una ingeniería jurídica digna de un despacho de abogados de élite. Han transformado el alquiler en una 'prestación de servicio público'. ¿La ventaja? Que ya no son inquilinos protegidos por la Ley de Arrendamientos Urbanos, sino usuarios de un servicio. Así, cuando llega la hora de echarles, no es un desahucio —que suena mal y choca con el decreto Maricarmen—, sino un simple 'cese de servicio'. Es el arte de limpiar la casa sin mancharse la conciencia.
La ironía del destino tiene un sentido del humor muy negro. Resulta que algunos de los uniformados que participaron en el asalto masivo a Ceuta han decidido que el uniforme marroquí les aprieta demasiado y ahora buscan el sello de 'refugiado' en el pasaporte español. El argumento es tan antiguo como el mundo: el pánico a las represalias por la deserción. Básicamente, pasaron de ser la punta de lanza de una invasión a jugar la carta de la víctima para evitar que el régimen los mande al Sahara, un destino que, según las fuentes policiales, es el equivalente administrativo a ser desterrado a Marte por las condiciones de vida. Aquí es donde el Gobierno se encuentra en un callejón sin salida. Si les conceden el asilo, están premiando a quien entró a saco en la frontera; si no lo hacen, se enfrentan al drama humanitario de devolver a alguien a una cárcel marroquí. Mientras tanto, en los pasillos de la comisaría se comenta que el asilo se ha convertido en la 'puerta trasera' preferida. Es un juego de tiempos: aunque el 90% de las solicitudes acaben en la papelera, el proceso es tan lento que el solicitante tiene tiempo de sobra para echar raíces. Para rematar el cuadro, el Real Decreto 1155/2024 ha sido el empujón final, bajando el tiempo para el arraigo de tres a dos años. Es como si hubieran puesto el cartel de 'oferta' en la permanencia ilegal. La policía advierte de un 'efecto llamada' que podría convertir Ceuta en un club de deserción masiva. Porque claro, si decir que eres perseguido o que no encajas en el molde del régimen te da el billete de entrada a Europa, ¿quién no querría intentar el salto? Al final, pasamos de una crisis de seguridad a una ingeniería jurídica donde el delito de deserción se convierte, mágicamente, en el ticket dorado para hacer vida en Europa.
Hay una urgencia casi mística en los pasillos del Ministerio de Trabajo. Yolanda Díaz ha decidido que el calendario es un mero trámite y que el 29 de noviembre —la fecha del juicio final electoral— es el límite infranqueable. La jugada es sencilla: subir el salario mínimo ahora, aunque sea a ciegas, para dejar el regalo envuelto antes de que el bloque PP y Vox, según las encuestas, pasen la escoba por Moncloa. Para lograrlo, la ministra ha puesto a los expertos contra las cuerdas. Les ha dado hasta el 1 de noviembre para presentar una propuesta. ¿El problema? Que calcular la subida sin el dato exacto de la inflación media anual es como intentar hacer la declaración de la renta basándose en lo que crees que gastaste en cafés. El INE no soltará la cifra real hasta mediados de enero, pero a la ministra no le cuadran los tiempos. Se apoya en el 4,9% de inflación de septiembre, ignorando que ese dato es una foto instantánea y no la película completa del año. Mientras tanto, el mundo real sigue girando con sus dramas: la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz están jugando al billar con el precio del petróleo y el gas. En la calle, eso se traduce en que llenar el depósito o encender la calefacción es una ruleta rusa, pero en el despacho ministerial se prefiere la prisa al dato. La patronal ya huele el truco. Recuerdan aquellos 'viernes sociales' de 2019, cuando se lanzaban reales decretos como quien lanza confeti en una boda, solo para ganar votos. En 2024 la subida llegó el 6 de febrero; en 2025, el 11 de febrero. Este año, la paciencia ha muerto. Se busca el impacto inmediato, el titular brillante, aunque la aritmética sea, sencillamente, una moneda al aire.
Hay gente que tiene un don para el descanso y otros que tienen el don de cobrar por descansar. Alicia de Miguel Sánchez, secretaria de Organización del PSOE en la Ribera Baixa, ha descubierto la alquimia financiera perfecta: cobrar pluses de productividad mientras está de vacaciones. Entre 2023 y julio de 2026, se embolsó 8.925 euros en complementos que, según el Real Decreto 861/1986, deberían premiar el 'especial rendimiento'. Pero claro, en el Ayuntamiento de Almusafes el rendimiento es un concepto elástico. En septiembre de 2024, mientras disfrutaba de su tiempo libre, recibió 250 euros; en agosto de 2025, otros 300 euros por no trabajar casi veinte días; y en septiembre de 2025, la generosidad subió a 400 euros. Es fascinante ver cómo la curva de 'productividad' de De Miguel escala como una acción de NVIDIA: 850 euros en 2023, 2.325 en 2024, 3.800 en 2025 y ya lleva 1.950 euros en lo que va de 2026. Todo esto bajo la mirada cómplice de Toni González, un alcalde que es un auténtico malabarista: investigado por acoso y agresión sexual, expulsado del PSOE en marzo de 2026, pero que sigue cobrando la subvención del Grupo Municipal Socialista y, ojo al dato, alquilando la sede del partido que lo echó. La fiesta del 'sobresueldo' no es un caso aislado, es el modelo de negocio. El consistorio ha repartido más de 744.000 euros en productividad desde mayo de 2023, con un ritmo ascendente que parece una subasta. Desde Francisco José Abarca, con sus 3.150 euros en 2026, hasta el resto de la plantilla militante. Mientras la Agencia Valenciana Antifraude investiga represalias contra informantes protegidos, en Almusafes la productividad se mide, al parecer, por la lealtad al jefe y la capacidad de saber cuándo pedir el bonus sin haber soltado el teclado.
Cuando el viento deja de soplar a favor, los molinos se convierten en chatarra y las cuentas bancarias en fantasmas. Una quincena de empresas ligadas al entramado de Forestalia han pedido el concurso de acreedores desde septiembre, básicamente admitiendo que el castillo de naipes se ha desplomado. Lo curioso es que firmas con nombres tan optimistas como Energía Inagotable de Aes, Energía Inagotable de Mantus y Energía Inagotable de Meliteo resulten tener una solvencia más agotable que la batería de un móvil viejo. Todo este despliegue de 'ingeniería financiera' tiene un denominador común: la calle Serrano en Madrid y la figura de Roberto Pérez Águeda. Este abogado, que parece el hilo rojo que cose los casos SEPI, Koldo y Forestalia, administraba el caos. Pérez Águeda, vinculado al PSOE desde 2007 (cuando ya cobraba dietas de 11.000 euros en la extinta Caja Segovia sin tener sueldo, un truco maestro de ahorro fiscal), es visto por la justicia como el arquitecto de estructuras para ocultar quién se llevaba realmente la tajada. Mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz, en las altas esferas se movían 'papeles para Santos'. La UCO ha destapado que Vicente Fernández, expresidente de la SEPI, preparaba el camino para que Santos Cerdán intercediera ante Teresa Ribera en el Ministerio para la Transición Ecológica. El objetivo era sencillo: saltarse los obstáculos administrativos para que Fernando Samper, el dueño del circo, pudiera plantar sus eólicos sin que nadie le dijera que no. Ahora, con Fernando Samper dimitiendo de la presidencia tras un paseo incómodo por el Senado y el juzgado de Teruel oliendo prevaricación en los clústeres de La Eliana, Begas y Maestrazgo, el 'viento' ha cambiado de dirección. El Santander, que hasta hace nada le daba poderes a Pérez Águeda, ha decidido que es mejor cortar por lo sano antes de que el agujero contable se trague también sus activos.
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