Gestionar la seguridad ferroviaria en España parece haberse convertido en un ejercicio de equilibrismo con los ojos vendados. Tenemos el LZB, un sistema tan antiguo que probablemente recuerde la llegada del hombre a la Luna, y el ERTMS, la joya europea que llega con tres años de retraso.
El resultado es un caos técnico donde los trenes se quedan 'ciegos' en mitad de la nada. Para rematar la jugada, mientras los maquinistas de Iryo ya avisaban en el Senado de que el LZB era un dolor de cabeza que dejaba los trenes clavados, el Gobierno decidió soltar un parche de 11 millones de euros justo 24 horas antes de la tragedia en Urda.
Un 'arreglo de última hora' que huele a desesperación administrativa.
La ingeniería financiera aquí es digna de estudio. El contrato de mantenimiento, valorado inicialmente en 131 millones con impuestos, terminó en manos de Thales por una oferta que bajó el precio un 28,45%, saltándose el umbral de 'oferta anormalmente baja' del 17,21%.
Básicamente, aceptaron un presupuesto de saldo y luego pidieron más dinero cuando el sistema empezó a toser. Es como contratar una reforma integral con el presupuesto más bajo del mercado y sorprenderse cuando el techo se cae encima.
El miércoles negro, seis trenes quedaron paralizados en un radio de 63 kilómetros.
En medio de simulacros nocturnos del nuevo sistema, un AVE de Renfe retomó la marcha y se encontró de frente con un Iryo que seguía petrificado porque su sistema no reconectaba. 69 vidas se apagaron mientras el centro de mando de Adif gestionaba una red que parece más un experimento de campo que una infraestructura de alta velocidad.
La hipocresía es total: se presume de modernidad europea mientras se parchea con millones un sistema que ya avisaba que estaba agotado.
Crítica:
La noticia es un despliegue de datos técnicos que oculta la negligencia administrativa bajo cifras de licitaciones. El título original es tibio; el verdadero escándalo es la adjudicación de una oferta 'anormalmente baja' que terminó en tragedia.
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