Crítica:
El texto es una bomba de tiempo política, pero falla al no cuestionar por qué el CNI no activó la alarma roja inmediata. Es brillante exponiendo la hipocresía, aunque se apoya demasiado en fuentes anónimas de 'máxima solvencia'.
El texto es una bomba de tiempo política, pero falla al no cuestionar por qué el CNI no activó la alarma roja inmediata. Es brillante exponiendo la hipocresía, aunque se apoya demasiado en fuentes anónimas de 'máxima solvencia'.
Imaginen que el resultado de las elecciones generales no se decidiera en los colegios electorales de barrio, sino en un café de Buenos Aires o en un rascacielos de Nueva York. Parece una broma, pero los números de la consultora De Madrid a Europa son un bofetón de realidad: el voto en el extranjero es el elefante en la habitación que podría mover hasta 23 escaños. Estamos hablando de que, a 1 de julio de 2026, hay 2.736.522 electores en el CERA, el 7,11% del censo. Para que nos entendamos: es diez veces más que en 1986. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, hay un ejército invisible de votantes que, si se movilizan al máximo, aportarían 1.100.236 votos. La paradoja es deliciosa. En Orense, el 30,8% del censo vive fuera; hay 158 municipios donde hay más gente votando desde el extranjero que viviendo en el pueblo. Es como si el pueblo estuviera vacío, pero la urna estuviera llena. Argentina lidera el despliegue con 516.185 electores, y Buenos Aires es, técnicamente, una 'provincia' electoral más grande que casi cualquier otra, salvo Madrid, Barcelona y La Coruña. Pero aquí viene el giro de guion: la 'ley de nietos' de 2022 ha inflado el censo, especialmente en Madrid, que concentra 422.732 electores exteriores. Ahora el Tribunal Supremo tiene que decidir el 7 de septiembre de 2026 si este crecimiento es legal o si ha sido una 'ingeniería de inscripción' sin control. En Gerona, donde el último escaño se decidió por 285 votos, el voto exterior podría aportar hasta 10.592. Es pasar de jugar un partido de ajedrez a que alguien tire la mesa entera. El poder ya no está solo en la calle, sino en el consulado.
En el tablero del poder, hay jugadas que son tan sutiles que resultan insultantes. El caso de la entrada masiva en Ceuta del 30 de julio es el ejemplo perfecto. Hasta ahora, el fiscal José Perals llevaba el timón y no tenía miedo de navegar hacia aguas profundas: quería que la Audiencia Nacional investigara si aquello fue una operación organizada desde Marruecos, con personas vulnerables usadas como carne de cañón y un saldo trágico de ahogados. Perals es de los que no se callan; el mismo que fue a degüello en el caso Alsasua o contra los raperos de La Insurgencia. Un perfil combativo que, convenientemente, ha dejado de ser útil. De repente, la Fiscalía decide que el asunto tiene una «singularidad y trascendencia» tales que el jefe, Jesús Alonso, debe asumir personalmente las diligencias. Traducido al lenguaje de la calle: cuando el coche va hacia donde no conviene, el jefe quita el volante al conductor y decide él mismo la ruta. Es el clásico movimiento de 'limpieza de archivos' para evitar que la jueza María Tardón y la denuncia de Iustitia Europa terminen destapando delitos contra la seguridad del Estado. Jesús Alonso es un maestro de la supervivencia institucional. Nombrado en 2017 bajo Rajoy y renovado en marzo de 2022 por Dolores Delgado, ha sabido bailar al son de cualquier música. Mientras Perals buscaba la verdad, Alonso ha recolectado medallas, como la Gran Cruz de la Orden del Mérito de la Guardia Civil concedida por Grande-Marlaska. Ya lo hizo con el caso de Miguel Ángel Blanco, donde obligó al fiscal Vicente González Mota a aceptar que la causa había prescrito. Ahora, el guion se repite. Cambian el perro guardián por uno que sabe exactamente cuándo sentarse y cuándo callar, asegurando que el 'ruido' político no moleste el sueño del Ejecutivo.
En la Diputación de Badajoz han descubierto que las sentencias judiciales son como las multas de tráfico: solo duelen cuando llegan notificadas al buzón. Mientras el ciudadano medio se juega el sueldo en cada compra del súper, en los despachos pacenses se juega una partida de ajedrez surrealista para ver si los inhabilitados del 'Caso David Sánchez' pueden seguir cobrando del erario público, aunque sea moviéndolos de silla. La jugada es maestra. Para evitar que el barco se hunda, la administración ha pedido dos informes: uno al Gabinete de Asuntos Judiciales y otro a la Intervención General. El primero, firmado por Francisco Mendoza Sánchez —que tiene la curiosa virtud de haber sido abogado de los condenados Félix González Márquez y Cristina Núñez Fernández—, concluyó el 20 de agosto de 2026 que, como la sentencia no era firme ni estaba notificada, no pasaba nada. Es la técnica del 'no he visto el correo', aplicada a la alta gestión pública. Pero el ruido en la calle es ensordecedor. Mientras Vox y el sindicato Manos Limpias exigen que David Sánchez y su asesor, Luis Carrero —el del afectuoso 'querido hermanito'—, devuelvan hasta el último céntimo de sus salarios, la Diputación responde con notas genéricas que sirven para cubrir el expediente, como quien pone un parche en una tubería rota. La incertidumbre ahora recae sobre figuras como Juana Calderón, Francisco Martos y Ricardo Cabezas, quienes esperan que la Junta Electoral Provincial haga un milagro interpretativo y decida que la inhabilitación es solo para el puesto concreto y no para cualquier ente público. Mientras tanto, David Sánchez, que no es empleado público pero tiene el camino cerrado en España, podría considerar un billete solo a San Petersburgo o Japón. Una salida elegante para quien dejó una mancha imborrable en el buen nombre de la institución.
Hay que reconocerle el mérito al régimen de Mohamed VI: no fueron a ciegas. Mientras nosotros mirábamos el calendario, en Rabat diseñaron una estrategia de desgaste que haría palidecer a cualquier manual militar. No fue un accidente, fue un 'test de penetración' ejecutado con la precisión de un cirujano que primero te anestesia el brazo para que no sientas el tajo. Todo empezó el 1 de julio con una calma sospechosa: 6 personas entrando irregularmente. Durante la primera decena del mes, las cifras fueron un chiste, moviéndose en dígitos simples, casi como si estuvieran midiendo la temperatura del agua. Pero a mediados de mes, bajo la lupa de la jueza María Tardón y la Comisaría General, el gráfico empezó a dibujar una curva que ya no era casualidad. La jugada fue maestra y perversa. Marruecos utilizó la migración como una herramienta de ingeniería financiera, pero en lugar de euros, gastaron nuestros recursos. Cada rescate 'a nado' es un sablazo a la logística: obligan a desviar efectivos de vigilancia para evitar ahogamientos, saturando los CETI y las urgencias sanitarias. Básicamente, nos hicieron hacer cola en el supermercado mientras ellos abrían la puerta trasera. El desgaste duró treinta días. El 29 de julio, la cifra era de 194 personas; un número manejable, casi anecdótico. Pero el 30 de julio, el sistema, ya fatigado y con los nervios destrozados, recibió el golpe de gracia: más de 75.000 personas de golpe. El colapso no fue un imprevisto, fue el objetivo. Cuando la soberanía española en Ceuta se vio comprometida, el muro humano y administrativo ya estaba en modo 'batería baja'. Una invasión predeterminada donde el ruido previo sirvió para que, al final, no quedara nadie despierto para dar la alarma.
La Dirección General de Tráfico (DGT) ha decidido jugar al gato y al ratón con el bolsillo del conductor. Mientras Pere Navarro, director general de la DGT, se paseaba por la Domus de A Coruña junto a la alcaldesa Inés Rey asegurando que la baliza V-16 'ha venido para quedarse' y que 'no hay marcha atrás', el Congreso ya empieza a oler el humo. Resulta fascinante que, mientras nos venden la V-16 como el Santo Grial de la seguridad para evitar atropellos, Vox haya lanzado una enmienda para que el aparatito sea opcional y los viejos triángulos no pasen a mejor vida el 1 de enero de 2026. Es la clásica danza política: unos dicen que es vital y otros que es un sablazo innecesario. La DGT presume de gestionar 6,9 millones de desplazamientos este verano, un despliegue logístico que incluye desde el retorno de vacaciones hasta los fanáticos del Gran Premio de Aragón de MotoGP. Pero entre tanta estadística, la realidad es que el ciudadano se siente como el cajero automático de la administración. Para colmo, el RACE nos recuerda que la 'L' de novato sigue siendo una mina terrestre: 100 euros si no la llevas el primer año, y otros 100 euros si se te olvida quitarla después. Una ingeniería financiera brillante donde, hagas lo que hagas, el Estado gana. Navarro pide 'reflexionar' sobre los atropellos, señalando que casi la mitad de los fallecidos en ciudad son peatones. Muy noble el discurso, pero la reflexión real ocurre en el garaje, cuando el conductor mira su cartera y se pregunta por qué un trozo de plástico luminoso es ahora el centro del debate parlamentario mientras las carreteras rurales de Galicia siguen siendo una lotería rusa por la dispersión poblacional.
Hay una ironía deliciosa, casi poética, en la gestión del espacio en Ceuta. Mientras los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, esos que ponen el cuerpo en la primera línea, pernoctan en barracones que cualquier colectivo policial calificaría de 'escenografía de película bélica', el Gobierno ha decidido jugar al anfitrión generoso. El Ministerio de Inclusión y Seguridad Social, bajo el mando de Elma Saiz, ha abierto las puertas de la Casa del Mar a los voluntarios de la ONG Accem. No es un albergue improvisado con esterillas. Estamos hablando de la sede del Instituto Social de Marina, un edificio diseñado para los trabajadores del mar y sus pensionistas, que ahora sirve de hotel boutique para activistas. El inventario es envidiable: 27 habitaciones con baño propio, sala de lectura, televisión, juegos de mesa y hasta servicio de lavandería. Es el típico pack de vacaciones todo incluido, pero pagado con la gestión del patrimonio público. El contraste es un puñetazo en la mesa. Por un lado, tenemos a Accem, una organización que maneja 84 millones de euros de dinero público y que despliega psicólogos y trabajadores sociales en Loma Margarita para atender a unos 4.000 inmigrantes ilegales (de los cuales 1.300 ya tienen techo y tres comidas). Por otro, tenemos a la policía española, hacinada y olvidada, mientras el Ministerio justifica la cesión alegando 'situaciones de carácter excepcional'. Accem dice que cada inmigrante llega con una historia que 'merece ser escuchada'. Es una frase preciosa, digna de folleto humanitario. Lástima que esa sensibilidad no llegue a los barracones de los agentes, cuyas historias de insomnio y frío parecen no encajar en la agenda de prioridad del Gobierno de Pedro Sánchez.
Hay quien dice que la cooperación internacional es un ejercicio de generosidad; otros, que es el arte de maquillar la realidad con palabras bonitas. El Ministerio de Asuntos Exteriores ha ejecutado una maniobra de ingeniería administrativa digna de un premio, canalizando 45,1 millones de euros hacia Marruecos entre 2019 y 2025. El truco consiste en llamar «gestión de fronteras y migración» a lo que, en el lenguaje de la calle, es montar un ejército. Mientras el ciudadano medio se pelea con la subida del aceite, el Gobierno ha regalado a Rabat un catálogo que parece sacado de un videojuego de guerra: 399 todoterrenos, 41 camiones y 669 cámaras de visión térmica y nocturna. Lo más delirante ocurre en el bienio 2019-2020. Con Pedro Sánchez en funciones, la FIIAPP soltó 39,1 millones de euros en un ritmo frenético. No compraron folletos informativos ni suministros médicos, sino 130 Toyota con rejilla (5,8 millones) y el plato fuerte: 18 camiones «habilitados para el transporte de tropas» por 2,2 millones. Básicamente, han financiado con fondos europeos la movilidad de una brigada de 6.000 efectivos. Es como si compraras una aspiradora para limpiar la casa y acabaras instalando un sistema de defensa antiaérea en el jardín. La hipocresía se remata al mirar al vecino. Ni Argelia, ni Túnez, ni Senegal han visto un solo camión de tropas. A ellos se les envía seguridad vial o gestión hospitalaria, cosas de civiles. Solo Marruecos ha recibido este «pack militar» disfrazado de ayuda humanitaria. Al final, el material no ha servido para frenar un solo asalto migratorio, pero ha dejado a Rabat muy bien equipado. Una inversión brillante: pagamos nosotros, lo usan ellos y el resultado es el mismo de siempre.
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