Crítica:
La noticia es un ejercicio de transparencia minimalista que deja demasiados huecos sobre por qué se usa tecnología doméstica en zonas críticas. El texto original es demasiado complaciente con la versión oficial de la DGT.
La noticia es un ejercicio de transparencia minimalista que deja demasiados huecos sobre por qué se usa tecnología doméstica en zonas críticas. El texto original es demasiado complaciente con la versión oficial de la DGT.
Hay una diferencia abismal entre tener el extintor cargado y dejar que la casa se queme porque no te decides a pulsar el gatillo. El pasado 30 de julio, Ceuta vivió una entrada masiva de 80.000 personas, una maniobra de libro en la llamada «zona gris» —ese limbo incómodo entre el saludo cordial y el despliegue de tanques— que el Ministerio de Defensa ya tenía mapeada. Tenían el plan, tenían los soldados y tenían el precedente de mayo de 2021, cuando los BMR de la Legión y los Regulares cortaron el paso con una precisión de cirujano, separando la vulnerabilidad humana de la presión geopolítica. Pero esta vez, la maquinaria se quedó en punto muerto. Mientras la frontera se diluía, la cadena de mando —desde el JEMAD hasta el Comandante General de Ceuta— pedía la orden de actuar. El Gobierno, sin embargo, decidió jugar al observador pasivo. Es como si un médico viera a un paciente desangrarse por la aorta y decidiera esperar a ver cuántos litros pierde antes de decidir si usa una venda o un torniquete. Una gestión surrealista que dejó las infraestructuras críticas expuestas mientras, paralelamente, buques de la Marina Real de Marruecos se paseaban por aguas españolas, un hecho que Pedro Sánchez terminó admitiendo el 12 de octubre con un lacónico «fueron días intensos». Lo más fascinante de esta comedia de errores es el timing político. La ministra Margarita Robles se ha librado de dar explicaciones en la Comisión de Gastos Reservados gracias al adelanto electoral del 29-N. Una jugada maestra de ingeniería administrativa: disolver las Cortes para que el silencio sea la respuesta oficial. Al final, el Ejecutivo intenta desplazar el foco hacia Rabat, pero la pregunta que queda flotando en el aire es sencilla: si tenías el manual de instrucciones y la tropa lista, ¿por qué decidiste que la mejor defensa era no hacer nada?
Hay que tener una valentía administrativa admirable para estrenar ropa nueva sin tener un euro para pagar el sastre. Renfe ha decidido rescatar 'la galleta', ese logotipo circular que nos trae recuerdos de cuando los trenes eran un misterio, después de 21 años de ausencia. El problema es que el cambio de imagen es, básicamente, un 'logo fantasma'. Han aprobado la estética, pero no hay presupuesto asignado para cambiar los uniformes, las estaciones o los trenes. Es como comprarse un Ferrari y darse cuenta de que no tienes dinero para la gasolina ni para el seguro; el coche luce estupendo en el garaje, pero no se mueve. Mientras tanto, la ingeniería financiera de la casa nos deslumbra. Se han gastado 164,1 millones de euros en renovar el sistema de venta de billetes, un proyecto adjudicado en octubre de 2023 que el actual presidente, Álvaro Fernández Heredia, presenta ahora como un triunfo personal para dar 'buenas noticias' al ministro Óscar Puente. El contraste es hilarante: tenemos un ecosistema comercial digital que costó una fortuna, pero no hay presupuesto para pintar el logo en la pared de la estación. Para que entendamos la magnitud del delirio, cuando Cepsa pasó a ser Moeve, se reservaron unos 130 millones de euros solo para remozar gasolineras. Renfe, en cambio, prefiere el minimalismo forzoso. La gestión interna parece sacada de una comedia de enredos. Ignacio Martínez Padilla, el creativo al mando, ha liderado un proceso tan hermético que el Consejo de Administración se enteró del cambio casi al mismo tiempo que el resto de los mortales. Heredia filtró la imagen públicamente antes de consultarla con sus jefes, demostrando que en la alta dirección ferroviaria, la transparencia viaja a una velocidad mucho menor que el AVE.
Imaginen que organizan una cena para 1.500 personas y, por una cuestión de 'logística', deciden guardar casi todo el caviar en solo cuatro platos. Así de surrealista fue la gestión de Correos el pasado 23 de julio de 2023. Mientras la media de las 1.536 unidades operativas manejaba unos modestos 1.605 votos, hubo cuatro 'supercentros' que se tragaron el trabajo del resto sin despeinarse. Sevilla USE1 lideró este despropósito con 60.919 votos, seguida de Zaragoza USE1 con 53.071, Bilbao UR6 con 43.711 y Madrid USE7 con 38.337. En total, estas cuatro dependencias —que representan apenas el 0,26% de la red— custodiaron 196.038 sobres hasta la víspera electoral. Para que nos entendamos: Sevilla recibió casi 38 veces más votos que la media. Es como si en una oficina de barrio te pidieran gestionar el volumen de un aeropuerto internacional con los mismos recursos de una ventanilla de barrio. El Consejo de Transparencia y Buen Gobierno (CTBG) ha obligado a soltar los datos, pero Correos juega al escondite. Sabemos cuántos sobres entraron, pero no quién tenía la llave de la puerta, quién firmaba la salida o si el control de accesos era un protocolo riguroso o un 'confíe en mí'. Mientras CCOO, UGT y CSIF gritaban que faltaba personal y que los refuerzos eran un espejismo, la empresa presumía de 19.400 contratos el 11 de julio. La hipocresía es deliciosa: nos venden una maquinaria aceitada, pero los datos revelan un cuello de botella donde el 7,95% de los votos totales (de un universo de 2.465.848) quedaron concentrados en cuatro puntos críticos. Si algo falla en esos cuatro almacenes, el problema no es un goteo, es una inundación electoral.
Hay niveles de arrogancia que rozan el arte, y Juan Duarte, embajador en México, ha pintado un fresco completo. Imaginen la escena: estás en uno de los países donde la seguridad es un deporte de riesgo, y el jefe decide, vía WhatsApp, que 'prescinde' de sus escoltas porque ha perdido la confianza. Así, sin más, como quien cancela una suscripción de Netflix que ya no ve. El 2 de noviembre, David Trapiella, subinspector de Policía y jefe de seguridad, recibió el sablazo: Duarte decidió jugar al 'lobo solitario' en un entorno donde el blindaje no es un lujo, sino un seguro de vida. Lo que siguió fue un manual de acoso laboral para principiantes. Primero, el embajador pasó de saludar a Trapiella; luego, ordenó que se le ignorara por completo, convirtiendo al subinspector en un fantasma dentro de su propia oficina. La jerarquía policial, esa que en Madrid se cuida como oro en paño, fue dinamitada cuando Duarte empezó a usar a subordinados como 'puentes' para no mirar a Trapiella a la cara. El nivel de toxicidad alcanzó el cenit cuando el marido del embajador, tras un incidente con un neumático reventado en Querétaro en octubre, decidió que el subinspector era el culpable de que no pudieran viajar en coche blindado. La humillación terminó de cocinarse el 25 de marzo, cuando prohibieron la entrada de Trapiella en la residencia oficial. Un mes después, el 30 de abril, la tragedia: Trapiella muere en un accidente de moto. ¿La respuesta de Duarte? Un WhatsApp de tres líneas para la viuda, ocultando el pésame de la ministra Morant y prohibiendo que la bandera ondeara a media asta. Mientras Trapiella luchaba contra el vacío profesional, el embajador gestionaba el duelo con la misma frialdad con la que borra los mensajes temporales de su móvil.
Hay una coreografía política que ya cansa: el Gobierno se pone la camiseta del 'escudo social' y sale a la calle a gritar que los fondos buitre son el demonio, pero en los despachos el lenguaje es otro. Mientras el ciudadano medio pelea con la hipoteca, el Estado le ha montado un buffet libre al BBVA en la Operación Chamartín. El 28 de diciembre de 2018, Isabel Pardo de Vera —la ex presidenta de Adif que ahora colecciona imputaciones en la Audiencia Nacional— y el ministro José Luis Ábalos firmaron un contrato que es, básicamente, un manual de cómo hacerle un favor a un banco usando el dinero público como colchón. La jugada es brillante en su cinismo. Primero, convirtieron un alquiler de 90 años en una compraventa. Pero claro, el BBVA no tiene que soltar los casi 1.000 millones de euros ahora; se los aplazan 20 años con un interés del 3%, una tasa que cualquier ahorrador con dos dedos de frente consideraría un insulto. Segundo, el Estado decidió cargar con el 'marrón' de los expropiados por el franquismo. Si los tribunales dan la razón a las 1.000 familias de la Asociación No Abuso, la factura la pagamos nosotros, los contribuyentes, y no el banco. Es como si tú compraras un coche robado y el Gobierno prometiera pagar la indemnización al dueño original si este aparece. Para rematar el regalo, borraron la obligación de que el banco mantuviera la solvencia, dejándole el camino libre para vender parcelas en Las Tablas Oeste en noviembre de 2026. Todo esto basado en un informe de la Abogacía del Estado de 2002 que resultó ser un truco de magia: decía una cosa en el contrato y otra muy distinta en el juzgado. Un pelotazo urbanístico blindado por la firma de Pedro Sánchez que ahora tiene a la cúpula de Transportes sudando frío ante la Audiencia Nacional y los reguladores internacionales.
Hay quien dice que la diplomacia es el arte de decir 'buenos días' mientras revisas si te han dejado el coche en doble fila. Pero lo de Moncloa con Rabat es más bien un juego de cartas donde Pedro Sánchez intenta que no le den el golpe de gracia antes del 29-N. La jugada es sencilla: limpiar Ceuta de los 15.000 inmigrantes que quedan —de los 100.000 que entraron en aquel tsunami de julio— antes de que lleguen las elecciones. Básicamente, quieren que Mohamed VI chasquee los dedos y ordene el regreso voluntario, imitando el truco que hizo su padre, Hassan II, en la Marcha Verde de 1975. Es como intentar que un vecino te devuelva el cortacésped justo antes de que lleguen las visitas, pero sin que parezca que le has tenido que pagar el alquiler de todo el año. Mientras José Manuel Albares y Nasser Bourita se susurran promesas en los pasillos, en Rabat se hacen los suecos. Fatima Ezzahra El Mansouri está montando el nuevo Gobierno, pero el verdadero dueño del tablero es Bourita, que lleva casi una década en el cargo y no piensa soltar el mando. El problema es que Marruecos sabe que Ceuta es el 'as bajo la manga'. ¿Para qué quemar la carta ahora y salvarle el pellejo a Sánchez si pueden guardarla para chantajear —perdón, negociar— con el próximo gobierno que salga de las urnas? Mientras tanto, la Policía Nacional se encarga de la 'estética' del problema. El domingo pasado desalojaron la playa de El Guano, donde unas 500 personas, entre ellas cien menores, vivían en chabolas. Ya han limpiado Benítez y el Trampolín. Es la clásica técnica de 'limpiar el salón antes de que lleguen los invitados': si no se ve el desorden, el problema no existe. Todo esto con la visita de los Reyes en el calendario, buscando que el éxito del retorno parezca un milagro real y no un pacto desesperado de última hora.
En el tablero político, el 'copy-paste' es una herramienta de supervivencia. El Gobierno de Pedro Sánchez acaba de descubrir que el Plan Vive de Isabel Díaz Ayuso no era el monstruo que describían en sus notas de prensa, sino un manual de instrucciones bastante eficiente. Así nace la nueva estrategia de Casa 47: ceder suelo público y soltar subvenciones a promotoras privadas para que hagan el trabajo sucio. Es el clásico volantazo estratégico: ayer era un favor a los fondos buitre; hoy es un 'instrumento necesario' para que las cuentas cuadren. La ingeniería financiera es sencilla. El Ejecutivo pone sobre la mesa 201,7 millones de euros para 29 actuaciones, con el objetivo de levantar unas 2.425 viviendas. Para el ciudadano de a pie, que ve cómo el alquiler se come la mitad del sueldo, esto suena a promesa electoral, especialmente cuando la presidenta de Casa 47, Maribel Ramos Vergeles, ha puesto fecha de caducidad al misterio: las primeras licitaciones saldrán antes del 29 de noviembre. Justo a tiempo para que el calendario electoral brille. El truco está en la 'viabilidad'. El Gobierno admite que, sin apoyo público, el mercado no se mueve porque los costes de inversión son un sablazo comparados con los ingresos limitados del alquiler asequible. La solución es darle el suelo al privado y dejar que gestione el inmueble durante 50 años, siempre que la renta no supere el 30% de los ingresos del hogar. Una arquitectura jurídica que es el espejo del Plan Vive, pero con distinto color de corbata. Con un inventario de 40.000 viviendas y 2.400 suelos heredados de la Sareb, el Gobierno ha decidido que es mejor jugar al juego de Ayuso que seguir intentando inventar la rueda mientras la gente no encuentra dónde vivir.
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