Crítica:
La noticia es un mazazo directo, aunque el texto original se pierde un poco en la enumeración de partidas contables. El contraste entre la 'dignidad' de la dimisión y el desvío de fondos es el verdadero núcleo del escándalo.
La noticia es un mazazo directo, aunque el texto original se pierde un poco en la enumeración de partidas contables. El contraste entre la 'dignidad' de la dimisión y el desvío de fondos es el verdadero núcleo del escándalo.
Hay una forma muy elegante de decir que has vaciado la hucha de los frenos para pagar las cañas del verano: se llama 'transferencia de crédito'. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la tarjeta para llegar al día 30, el Ministerio de Transportes, bajo el mando de Óscar Puente, aplicó una ingeniería financiera creativa. El Gobierno decidió que era más prioritario que los menores de 30 años viajaran casi gratis con el Verano Joven que mantener el software que evita que los trenes se conviertan en proyectiles. El balance es un ejercicio de cinismo contable: 857.488,26 euros fueron succionados de la partida de 'reposición operativa' entre 2024 y 2025. Concretamente, se llevaron 110.998,31 euros y 522.526,30 euros en 2024, y otros 223.963,65 euros en 2025. Dinero destinado a monitores, CPUs y software que, según Ineco, estaban ya en la UCI por obsolescencia. El resultado de este ahorro 'estratégico' no fue un balance positivo, sino el horror en Urda (Toledo), donde un fallo de sincronización del sistema LZB dejó un saldo de 69 muertos. Sumando la tragedia de Adamuz (Córdoba), la factura asciende a 115 fallecidos. Es fascinante observar la coreografía política. Puente dimitió apelando a la 'dignidad política' y la 'empatía', justo después de admitir en el Congreso que había llevado el presupuesto 'al límite'. Claro que estaba al límite; resulta que para financiar un programa de 130 millones de euros sin tener Presupuestos Generales desde 2023, alguien tenía que pagar el pato. Y el pato, en este caso, fueron los sistemas de seguridad ferroviaria que ya no encontraban ni repuestos en el mercado. Priorizar el marketing electoral sobre la vida de los pasajeros no es gestión, es una ruleta rusa presupuestaria.
El Gobierno de Pedro Sánchez acaba de lanzar el Plan Estratégico de Educación Inclusiva 2026-2031, y lo ha hecho con esa elegancia burocrática de quien te quita la cartera mientras te explica que, en realidad, solo está 'reorganizando tu espacio personal'. La jugada es maestra: dicen que no es normativo, que es una 'hoja de ruta flexible', palabras que en el lenguaje de la calle significan 'lo hacemos como queremos y cuando nos apetezca'. El plan afecta a 1,55 millones de estudiantes, pero el verdadero hueso son los 319.115 alumnos con necesidades educativas especiales (NEE). De ellos, el 14,3% —unos 45.633 chavales— están en centros de educación especial (CEE). El Ejecutivo quiere que estos centros pasen a ser meros 'apoyos' de los colegios ordinarios. Traducido: quieren convertir centros especializados en una especie de consultoría externa, donde los profesionales vayan a echar un cable en su horario lectivo, mientras el presupuesto global sigue siendo un misterio, un agujero contable que el Ministerio de Milagros Tolón prefiere no cerrar con cifras concretas. La hipocresía tiene un aroma intenso. Mientras Tolón aseguraba en el Parlamento que las familias no tenían de qué preocuparse, el Consejo de Ministros daba luz verde al plan el pasado martes, ignorando el portazo que dieron las comunidades del PP y Canarias en la Conferencia Sectorial del 18 de septiembre. Jaime de los Santos, del PP, no se ha andado con rodeos y ha hablado de 'robar el derecho' a estos alumnos. Es la eterna historia: nos venden una inclusión romántica en el papel, pero en la práctica parece que quieren meter a todo el mundo en el mismo saco sin haber comprado primero el saco adecuado. Al final, entre la LOMLOE y los resultados de PISA en Melilla, la educación española parece un coche que intenta subir una cuesta con el freno de mano puesto.
Santanyí ha pasado de gestionar el 'estrés' de los influencers a gestionar la realidad del Mediterráneo. Hubo un tiempo en que el mayor drama del municipio era que la Caló des Moro parecía la cola de una promoción de zapatillas nuevas; turistas colapsando el camino solo para conseguir el selfie perfecto en el agua turquesa. Pero el paraíso de Instagram ha cambiado de guion. Ahora, el Ayuntamiento ya no pide menos filtros de fotografía, sino más botas de Frontex. La nueva normalidad es la ruta argelina, que crece como la espuma mientras el resto de España ve bajar las cifras. Mientras que en Canarias las llegadas cayeron un 55,1%, Baleares ha decidido nadar contracorriente. Entre el 1 de enero y el 31 de octubre de 2026, han desembarcado 7.170 personas en 396 embarcaciones, un salto del 14,2% respecto al año anterior. Para que nos entendamos: en apenas seis semanas, desde mediados de septiembre, se han sumado 1.543 personas al balance. Es un ritmo frenético que deja al Consistorio sin aire y sin competencias. Lo más cínico es el negocio que hay detrás. Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz con pánico, hay redes organizando viajes donde el billete de ida cuesta entre 1.500 y 3.000 euros. En una patera de octubre de 2022, la Fiscalía confirmó que cada pasajero soltó 1.500 euros por un viaje de 38 horas en una cáscara de nuez. En noviembre de 2024, el precio subió a 2.500 euros por cabeza para llegar a Formentera. El Ayuntamiento, viendo que sus calas son como un queso gruyère por donde entra cualquiera, pide que la UE reconozca oficialmente la ruta argelina para que los efectivos europeos dejen de ser un mito y se conviertan en presencia real en el litoral.
Comprar una casa en España hoy es como intentar subir una escalera mecánica que baja a toda velocidad mientras llevas una mochila llena de piedras. El Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), bajo la batuta de José María Rotellar, ha puesto el dedo en la llaga: la 'voracidad recaudatoria'. No es solo que el piso cueste un ojo de la cara, es que Hacienda quiere llevarse una tajada que deja a cualquiera tiritando. Hagamos cuentas de barrio. Si un joven, tras años de dieta a base de arroz y sacrificio, logra reunir el dinero para una vivienda de 300.000 euros, se encuentra con el sablazo final. Hacienda le pide otros 30.000 euros adicionales. Es el equivalente a que, tras ahorrar para un coche, te digan que para llevártelo debes pagar el precio de una moto nueva solo en papeles. Si el piso es nuevo, el IVA te clava un 10%. Si es de segunda mano, el Impuesto de Transmisiones Patrimoniales (ITP) baila entre el 4% y el 13%, con un 7% como base según la AGE. Pero esperen, que hay más. El Impuesto de Actos Jurídicos Documentados (AJD) añade otros 1.500 a 4.500 euros por la escritura, aunque el Tribunal Supremo en 2018 le pasó el muerto de la hipoteca al prestamista. El resultado es una trampa circular: mientras ahorras para pagar el impuesto, el precio del piso sube, y el impuesto, que es un porcentaje, sube con él. Para rematar la faena, la UFV denuncia que la burocracia y unas restricciones medioambientales 'agresivas' retrasan las obras hasta tres años. Entre la Ley de Vivienda de 2023 y el miedo a la ocupación, el mercado es un campo de minas donde el ciudadano es el único que pierde.
El campo español se ha convertido en el nuevo tablero de Monopoly para los peces gordos de la City de Londres y Wisconsin. Mientras el ciudadano medio pelea con el precio del aceite, hay más de 900 fondos de inversión jugando al Tetris con nuestras hectáreas, moviendo una cartera que supera los 100.000 millones de euros. Es una aritmética cruel: el 6,6% de las grandes empresas agrarias ya se han quedado con el 42% del valor de la producción. Básicamente, unos pocos llevanse el pastel mientras el resto se pelea por las migajas. La bomba de relojería tiene fecha de caducidad: octubre de 2030. Para entonces, unos 43.000 agricultores y ganaderos —el 17% del RETA— colgarán las botas. Es el relevo generacional que se ha quedado en el camino porque entrar al sector hoy es como intentar comprar un piso en el centro de Madrid con el sueldo de un becario. COAG advierte que necesitamos entre 8.000 y 10.000 jóvenes incorporándose anualmente en los próximos cuatro años para evitar que el colectivo profesional se desplome hasta los 200.000 afiliados. Pero claro, ¿quién puede competir contra un fondo buitre que no sabe distinguir un olivo de un pino pero sabe leer un Excel? En las zonas más castigadas, los alquileres de la tierra se han triplicado y el precio de compra se ha duplicado. Es la 'uberización' del campo: mucha eficiencia en el balance de resultados, pero pueblos que parecen decorados de película de zombis, sin niños en las escuelas y sin vida en las plazas. Andrés Góngora lo ha dejado claro: el futuro de la agricultura existe, lo que está muriendo es el modelo social. Al final, la tierra produce, pero el beneficio vuela directo a una cuenta en el extranjero, dejando atrás un desierto humano.
Hay lugares donde cruzar la calle se siente como jugar a la ruleta rusa con el presupuesto del Estado. El paso a nivel de Alfafar, Sedaví y Benetússer es, básicamente, el 'punto negro' oficial de España: 79 muertos en los últimos cuarenta años. Una cifra que no es un dato estadístico, sino una carnicería lenta que el exministro Óscar Puente ha decidido dejar en el aire, probablemente para que no le manche el currículum ahora que se ha marchado en medio de un caos ferroviario que haría temblar a cualquiera. Puente aterrizó en la cartera de Transportes en noviembre de 2021 y, desde entonces, el balance es una bofetada: dos muertes más en este tramo y una gestión que ha preferido mirar hacia otro lado mientras los vecinos ven cómo sus casas se agrietan por las vibraciones. Mientras nosotros contamos los céntimos para que la factura de la luz no nos deje en la calle, el Gobierno de Pedro Sánchez ha mantenido el proyecto de soterramiento guardado en un cajón, como quien guarda una factura vencida esperando que el acreedor se olvide de cobrar. Ahora, con las elecciones generales del 29 de noviembre respirando en la nuca, la política se acuerda de la humanidad. Vox ha lanzado una PNL en las Cortes Valencianas exigiendo que el soterramiento sea prioridad absoluta y que las obras arranquen en seis meses. Miguel Pascual denuncia que 260 trenes diarios pasan rozando colegios y parques, convirtiendo la vida vecinal en un ejercicio de supervivencia. Es la clásica coreografía política: el ministro dimite, el problema se queda y los vecinos siguen esperando que alguien deje de tratar sus vidas como un gasto superfluo en el presupuesto general.
Hay una lógica muy particular en el Ministerio del Interior: parece que el riesgo desaparece si simplemente borras al experto que sabe cómo gestionarlo. El 5 de noviembre de 2026 nos enteramos de que Tarragona se queda sin su Grupo de Desactivación de Explosivos (GEDEX). Sí, así como lo lees. Han decidido que cuatro puestos —un sargento y tres agentes especialistas TEDAX-NRBQ— sobran en el presupuesto, como quien decide que en casa ya no hace falta tener extintor porque 'seguro que no hay fuego'. La ironía es deliciosa si no vives allí. Tarragona no es precisamente un campo de margaritas; alberga el mayor complejo petroquímico del sur de Europa y una red de hidrocarburos que, en el peor de los casos, podría convertir la provincia en un espectáculo de fuegos artificiales no deseado. A eso sumamos los 'recuerdos' de la Batalla del Ebro: granadas y proyectiles activos que brotan de la tierra en Terra Alta como si fueran setas después de la lluvia. Ahora, ante un artefacto, habrá que esperar a que el especialista venga de otra provincia, porque la eficiencia administrativa manda sobre la urgencia del reloj. Pero esto no es un desliz, es un patrón. Es un goteo constante, una especie de 'dieta forzosa' de seguridad. Primero fue el GEAS de l'Estartit, luego los recortes en el SEPRONA —que ya tienen a los alcaldes de la Cerdanya sudando frío— y ahora el GEDEX. JUCIL lo tiene claro: estamos ante un desmantelamiento quirúrgico. Mientras el discurso oficial habla de optimización, en la calle se traduce como: 'si explota algo, ya llamaremos a alguien que esté libre en otra ciudad'. Una gestión brillante, siempre que no necesites que la bomba no estalle.
Comentarios