Hay una forma muy elegante de decir 'te he mentido en la cara' y es borrar un punto del orden del día. El Ministerio del Interior, bajo el mando de Fernando Grande-Marlaska, ha aplicado la técnica del borrador mágico: convocan al Consejo de la Policía este viernes, pero la jubilación anticipada ha desaparecido de la agenda como si fuera un truco de magia barata.
La jugada es maestra en su cinismo. Aina Calvo, la Secretaría de Estado de Seguridad, llevó ocho meses haciendo que los sindicatos creyeran que el papeleo estaba listo. Los agentes ya se veían jubilándose con 31 años de cotización en la Seguridad Social (en vez de 37) o con 30 en Clases Pasivas (en lugar de 35).
Estaban tan convencidos que el pasado 27 de octubre fueron a la cita pensando que solo faltaba el boli para firmar. Pero Calvo soltó el comodín electoral: 'No hay tiempo, no hay presupuesto, mala suerte'.
La respuesta fue un encierro de 10 horas que terminó con una escena surrealista: agentes de la UPR desalojando a sus propios compañeros a la una de la madrugada.
Mientras los sindicatos, liderados por Carlos Prieto del SUP, denunciaban que les negaran hasta un vaso de agua, desde los despachos volaban amenazas de prisión y allanamiento. Es la clásica gestión de 'guante de seda' para negociar y 'puño de hierro' para desalojar.
La hipocresía es el plato fuerte.
Nos dicen que no hay dinero para reconocer que ser policía es una profesión de riesgo, pero el grifo de las partidas presupuestarias sigue abierto para otros caprichos institucionales. Al final, 130.000 agentes se quedan con la promesa rota y una concentración en Canillas que es solo el aperitivo de un calendario de protestas que promete ser mucho más ruidoso que un silencio administrativo.
Crítica:
El texto original es una crónica de hechos bien documentada, pero falla al no cuestionar por qué el Gobierno permitió que la negociación llegara tan lejos sin tener el presupuesto asegurado. Es un relato de traición administrativa disfrazado de 'falta de plazos'.
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