Crítica:
El texto original es un resumen judicial correcto, pero le falta valentía para subrayar la descarada simbiosis entre el agua, el hormigón y los votos. Se limita a narrar el auto sin cuestionar la systemicidad del 'peaje' político.
El texto original es un resumen judicial correcto, pero le falta valentía para subrayar la descarada simbiosis entre el agua, el hormigón y los votos. Se limita a narrar el auto sin cuestionar la systemicidad del 'peaje' político.
El Gobierno ha jugado una partida de póker con las cartas marcadas y ha ganado, aunque sea en una mesa donde casi todos los comensales se han levantado indignados. El Consejo de Política Fiscal y Financiera ha aprobado la reforma de financiación autonómica, pero no por consenso, sino por una aritmética de despacho donde Hacienda puso el 50% y Cataluña y Canarias pusieron el sello final. Así de sencillo. Mientras el ciudadano medio intenta que la hipoteca no se coma su sueldo, en Moncloa han decidido que basta con un par de apoyos para elevar el proyecto al Consejo de Ministros. Lo más jugoso de esta crónica es la traición familiar. El PSOE de García-Page en Castilla-La Mancha y el de Adrián Barbón en Asturias han dicho que el modelo es 'injusto'. Imaginen la escena: el hijo diciéndole al padre que su plan es un desastre porque no garantiza la igualdad o ignora que en Asturias la orografía y el envejecimiento no son sugerencias, sino realidades que pesan. Incluso en Castilla y León, el PSOE local ha mirado con recelo el diseño de Arcadi España. El Gobierno intenta vender la moto con una cifra brillante: una inyección de 21.000 millones al sistema. Suena a premio gordo, pero para la mayoría de las autonomías, incluyendo la de Jorge Azcón en Aragón, esto no es más que un 'caramelo' coyuntural. La sospecha es que el precio de esos millones es abrir la puerta trasera para que Cataluña se desentienda de la caja común, rompiendo un modelo que, aunque caducado desde hace 12 años (vigente desde 2009), mantenía una coherencia que ahora vuela por los aires. El Gobierno llama 'gamberrismo institucional' a la ausencia de Madrid, pero el verdadero gamberrismo es intentar imponer un traje a medida para unos pocos mientras el resto se queda con los remiendos.
Hay quien dice que el sentido común es un don, pero en el Gobierno parece que es un artículo de lujo que no pueden permitirse. La última genialidad consiste en instalar campos de inmigrantes en Ceuta siguiendo una lógica digna de un juego de mesa: pongamos a miles de personas, algunas con el currículum manchado de yihadismo y otras que podrían ser agentes de inteligencia marroquíes, justo al lado de donde guardamos los fuegos artificiales más potentes del Estado. El plan maestro ubica a la gente en la 'explanada del Guano' (propiedad del Ministerio de Transición Ecológica) y en la zona de la 'Hípica'. Lo divertido es que, a tan solo 150 metros de esta última, el Ejército de Tierra tiene 16 búnkeres llenos de armamento y explosivos. Es como dejar las llaves del coche puestas y abrir la puerta del garaje en un barrio conflictivo, esperando que nadie note el olor a gasolina. Desde el Ejecutivo nos venden la moto alegando que la videovigilancia y la presencia del Regimiento de Ingenieros N.º 7 (RING7) y el Batallón del Cuartel General de Melilla darán 'seguridad'. Claro, porque nada dice 'estamos tranquilos' como tener un polvorín a un tiro de piedra de una masa donde el Centro Nacional de Inmigración y Fronteras (Cenif) ya avisó de la presencia de agentes marroquíes no uniformados dando órdenes. Mientras el ciudadano de a pie se pelea con la factura de la luz, aquí jugamos al Tetris con la seguridad nacional. Ya hemos visto que el uniforme no asusta a quien viene en masa —como demostró la emboscada a cuatro militares en agosto—, pero parece que al Gobierno le gusta vivir al límite, convirtiendo la zona del Centro Ecuestre de Ceuta en un experimento de tensión geopolítica que ningún mando militar firma sin sudar frío.
Hay que tener valor. Mucho valor. Rosario Sánchez, la candidata del PSOE al Govern en Baleares, ha decidido que la receta para rescatar a un partido que huele a cerrado por los casos de corrupción es, sencillamente, 'enamorar'. Claro, porque nada seduce más que un currículum manchado y una retórica de combate. Mientras el ciudadano medio hace malabares con el alquiler y ve cómo la factura de la luz le da un sablazo cada mes, Sánchez opera desde la comodidad de un sueldo de 120.000 euros anuales como secretaria de Estado de Turismo. Lo curioso es que, según los datos, ha decidido que su agenda gubernamental puede quedar en el congelador para dedicarse a tiempo completo a la campaña de mayo de 2027. Básicamente, cobrar el premio gordo del Estado para jugar a la política regional. En la reunión del Consell Polític de la Agrupación Socialista de Palma (ASP), la estrategia ha sido el ataque frontal. Para Sánchez, Jaime Martínez es un 'especulador inmobiliario' y Marga Prohens una 'clasista y racista'. Un despliegue de cariño digno de quien quiere 'enamorar' al electorado. Por su parte, Iago Negueruela, el candidato a la Alcaldía, ha intentado vender la idea de que son la alternativa real frente a la 'involución', poniendo el foco en la saturación y el cambio climático. El contraste es delicioso: mientras el PSOE habla de 'derechos básicos' y 'vivienda no productiva', su propia candidata disfruta de un salario que multiplicaría por diez la capacidad de ahorro de cualquier joven palentino que intente alquilar un zulo en el centro. Quedan 37 semanas para las elecciones y el plan es dar un 'susto'. Con este arranque, el único susto probable es el que se llevarán los contribuyentes al revisar la hoja de horas de la Secretaria de Estado.
En el tablero del Gobierno, las piezas se mueven con una lógica que solo entienden ellos, probablemente en una sesión de terapia grupal. El martes pasado, el Ejecutivo decidió que la mejor persona para pilotar Casa 47 —la empresa pública de vivienda— no era un arquitecto, ni un experto en urbanismo, ni alguien que supiera distinguir un plano de planta de una servilleta. No. Han nombrado a Maribel Ramos Vergeles. Sí, la psicóloga experta en género. Para quienes luchamos cada mes contra un alquiler que se come la mitad del sueldo, el nombramiento suena a chiste de mal gusto. Mientras el ciudadano medio hace malabarismos con la tarjeta para llegar al día 20, el Ministerio de Vivienda de Isabel Rodríguez nos vende que poner a una especialista en Intervención Social y Género al mando es la clave para «consolidar la vivienda pública». Es como contratar a un experto en nutrición para que arregle el motor de un tractor: muy noble la intención, pero el tractor sigue sin arrancar. El currículum de Ramos Vergeles es impecable, pero en el carril equivocado. Licenciada por la Universidad de Salamanca y con un máster en Políticas Públicas e Igualdad de Género por la Universidad Rey Juan Carlos, ha pasado por el Instituto de la Mujer y la Junta de Extremadura entre 2009 y 2011. Ha estudiado en el IESE y Esade, lugares donde se aprende a gestionar el éxito, aunque no necesariamente a gestionar el déficit de pisos. Su única pincelada en el sector fue en Hogar Sí (2014-2024), donde compartió bandera con Richard Gere. Muy bien por la filantropía, pero gestionar la vivienda pública no es hacer una gala benéfica; es una partida de ajedrez contra la especulación donde ahora el Gobierno ha decidido jugar con las piezas del psicoanálisis.
En el tablero político, hay quienes juegan al Monopoly con la vida real y otros que simplemente pasan la factura. El ministro Óscar Puente ha decidido que el puerto de Ceuta es el lugar ideal para montar un campamento de carpas para más de 1.000 personas en situación irregular, ignorando con una elegancia glacial el voto negativo de la Autoridad Portuaria de Ceuta. Para el Ministerio, el artículo 73.3 de la Ley de Puertos es como un 'vale todo' que permite saltarse la opinión de quienes gestionan el muelle día a día. La jugada es maestra en su desfachatez: mientras el Consejo de Administración advertía que esto era incompatible con la explotación del puerto —algo así como intentar montar un mercadillo en medio de una autopista—, Puente firmó la orden el sábado por la mañana. Resultado: 16.000 metros cuadrados de dominio público convertidos en un hotel de lona hasta el 31 de diciembre de 2026. Lo más jugoso es el contraste. Puertos del Estado admitió que la medida podría 'incrementar riesgos' en infraestructuras críticas. Traducido al cristiano: es un riesgo, pero como el 'interés general' manda, nos aguantamos. Mientras los empresarios de la CECE gritan que no se toque el motor económico de la ciudad, el Gobierno despliega enfermerías y casetas de seguridad como quien coloca muebles en un piso alquilado que no es suyo. Al final, la solución humanitaria se impone mediante un 'porque yo lo digo', dejando a la administración local como un simple espectador de su propia infraestructura, con la opción de recurrir ante la Audiencia Nacional si no les gusta el paisaje de carpas que ahora domina el horizonte portuario.
Hacer la compra hoy es un deporte de riesgo, una lotería donde siempre pierdes. Mientras el ciudadano medio mira el ticket del súper con cara de tragedia, Vox ha decidido sacar la calculadora para el arranque del curso político. El planteamiento es sencillo, casi de libro de cuentas de barrio: ¿por qué seguimos pagando el pato mientras el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones se gasta más de 1.000 millones de euros anuales en el programa de «acciones a favor de los inmigrantes»? Es el clásico contraste entre el presupuesto para el vecino que llega y el bolsillo del que ya estaba aquí. Santiago Abascal no se anda con rodeos y apunta al dedo a Carlos Cuerpo, el ministro de Economía, con una moción que huele a urgencia. Según las cuentas de Vox, desde 2018 nos han clavado más de 140 subidas de impuestos. Es una lluvia de tributos que ha dejado el poder adquisitivo en cuidados intensivos, con una pérdida del 3,2% en los salarios reales. Para rematar el cuadro, dicen que la recaudación del IRPF en 2025 se disparó un 85% comparado con 2017. Básicamente, el Estado ha pasado de pedir una propina a llevarse media cena. La receta de Vox para salir del agujero es el 'borrón y cuenta nueva' fiscal: exenciones para rentas bajas de 22.000 euros, bajadas de IVA y eliminar los impuestos a los hidrocarburos y la electricidad. También ponen el foco en la vivienda, donde sostienen que la llegada de 7,8 millones de inmigrantes entre 2018 y 2025 ha dinamitado los precios, convirtiendo el alquiler de una habitación en lo que antes era un piso entero. Piden una auditoría del Tribunal de Cuentas porque, según ellos, hay una ingeniería financiera invisible que oculta el gasto real en inmigración ilegal mientras el español de a pie sigue apretándose el cinturón.
Hay presupuestos que parecen escritos con tinta invisible y otros que, como el de Elma Saiz, son un despliegue de generosidad que haría palidecer a cualquier banquero suizo. Para 2026, la ministra de Inclusión ha blindado la partida 'Acciones para los inmigrantes' con 1.182 millones de euros. Para que el ciudadano de a pie lo entienda: mientras intentamos que la hipoteca no nos coma vivos, el Gobierno ha decidido que la acogida y el combate a la xenofobia tengan un presupuesto que ha crecido un 58,1% en lo que va de año. Un crecimiento exponencial que dejaría en ridículo cualquier plan de ahorro doméstico. Pero lo verdaderamente fascinante es la arquitectura del secreto. El Tribunal de Cuentas, ese organismo que debería ser el auditor implacable de nuestra cartera, lleva un año jugando al escondite con el informe de fiscalización solicitado por Vox. Tenemos un agujero contable del tamaño de una catedral donde se mezclan fondos de comunidades autónomas, ayuntamientos y ministerios. Mientras tanto, el think tank Neos, bajo la mirada de Jaime Mayor Oreja, lanza una cifra que marea: más de 30.000 millones anuales. El ejemplo más crudo es Ceuta. El Consejo de Ministros aprobó un Real Decreto-ley de 278 millones para la ciudad, pero al abrir la caja, el 42% no era para los ceutíes, sino para gestionar la crisis migratoria. El reparto es una obra maestra de la ingeniería financiera: 53,48 millones para Elma Saiz, 62,96 millones para los menores no acompañados de Sira Rego, 3,5 millones para los sanitarios de Mónica García y unos curiosos 299.493 euros para 'gastos extraordinarios' de la Oficina de Extranjería de Ángel Víctor Torres. En resumen, un despliegue de fondos donde el beneficiario final rara vez es quien paga los impuestos.
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